Capítulo 4: La llave que podía cambiarlo todo
Capítulo 4: La llave que podía cambiarlo todo
El rostro de Marcus cambió en cuanto recibió la ubicación.
—No puede entrar aquí —dijo—. El hospital ya fue informado de que existe una orden de protección temporal.
Pero yo apenas podía respirar.
David estaba viniendo por mí.
No por disculparse.
No por nuestro hijo.
Venía porque sabía que habíamos descubierto el fideicomiso.
—¿Qué significa que tiene la llave? —pregunté.
Marcus apretó la mandíbula.
—No lo sabemos todavía. Pero si existe una segunda llave, probablemente haya algún documento físico que él necesita para acceder a los activos.
Wyatt se acercó a mi cama.
—Entonces no se la den.
Intenté sonreír.
—No pienso hacerlo.
Por primera vez desde que conocía a David, sentí algo diferente al miedo.
Determinación.
Veinte minutos después, el hospital recibió una llamada de seguridad.
David estaba en la entrada.
Vestía un traje oscuro, llevaba una carpeta de cuero bajo el brazo y tenía el mismo rostro tranquilo que había mostrado tantas veces delante de otras personas.
—Dice que es el esposo de la paciente —informó el guardia.
Marcus negó con la cabeza.
—No entra.
Pero David no se marchó.
Sacó un documento de la carpeta.
—Tengo una autorización legal para hablar con mi esposa.
Marcus examinó el papel.
—Esto no es una autorización para entrar en una habitación protegida.
David sonrió.
—Detective, creo que está cometiendo un error.
—No.
La sonrisa desapareció.
—Creo que usted no entiende con quién está tratando.
Marcus dio un paso hacia él.
—Y creo que usted todavía no entiende lo que tenemos grabado.
David se quedó inmóvil.
—¿El video de la tienda?
—El video. Las pólizas. Los documentos falsificados. Las transferencias. Y una fotografía suya reuniéndose con su madre para hablar sobre el fideicomiso de Emily.
Por primera vez, David perdió el control de su expresión.
—No sabe de qué está hablando.
—Entonces no tendrá problema en explicárselo al fiscal.
Dos agentes se colocaron a ambos lados de él.
David retrocedió.
Pero antes de que pudieran llevárselo, miró directamente hacia la habitación.
Y nuestras miradas se encontraron a través del cristal.
No había arrepentimiento en sus ojos.
Solo odio.
Entonces levantó lentamente la mano.
En ella sostenía una pequeña llave dorada.
La misma que aparecía en los documentos de mi padre.
—Tu padre dejó algo más —dijo.
Mi corazón se aceleró.
—¿Qué?
David sonrió.
—Pregúntale a tu madre.
Mi madre llevaba once años evitando hablar de mi padre.
Según ella, después de su muerte no había quedado nada.
Ni dinero.
Ni propiedades.
Ni secretos.
Pero cuando Marcus la llamó, tardó menos de una hora en llegar al hospital.
Entró en mi habitación con los ojos llenos de lágrimas.
—Lo siento.
Esa fue su primera palabra.
No pregunté por qué.
Ya sabía que algo estaba mal.
—¿Qué me ocultaste?
Mi madre cerró la puerta.
—Tu padre no murió arruinado.
Sentí un vacío en el pecho.
—Entonces, ¿qué pasó?
—Cuando supo que estaba enfermo, creó el fideicomiso para ti y para tu futuro hijo. Pero sabía que algunas personas intentarían quedarse con él.
—¿David?
Mi madre negó lentamente.
—No solo David.
Sacó un sobre de su bolso.
—Había alguien más.
Me entregó una fotografía.
Era antigua.
En ella aparecía mi padre junto a un hombre que yo conocía perfectamente.
Me quedé helada.
Era el padre de David.
—Ellos eran socios —continuó mi madre—. Tu padre descubrió que estaba desviando dinero de la empresa. Intentó denunciarlo, pero antes de hacerlo recibió amenazas.
Marcus tomó la fotografía.
—¿Y qué ocurrió?
—Tu padre murió poco después.
El silencio llenó la habitación.
—¿Fue un accidente? —pregunté.
Mi madre bajó los ojos.
—Eso fue lo que dijeron.
Pero su voz no sonaba convencida.
Entonces comprendí.
David no había elegido casarse conmigo por casualidad.
Su familia llevaba años esperando recuperar el dinero que mi padre les había quitado.
Yo había sido el camino.
Y mi hijo era el heredero que podía hacer que perdieran todo para siempre.
Esa misma noche, la policía registró la oficina de David.
Encontraron una caja fuerte oculta detrás de un panel.
Dentro había contratos, fotografías, grabaciones y documentos que demostraban que había estado siguiendo mis movimientos durante más de un año.
Pero había algo peor.
Un archivo con una lista de fechas.
Citas médicas.
Ecografías.
Compras para el bebé.
Horas en las que yo estaba sola.
Y al final de la lista aparecía una fecha marcada en rojo.
La fecha prevista para mi parto.
Marcus me llamó desde la oficina.
—Emily, tienes que escucharme.
—¿Qué encontraron?
—Una transferencia de cincuenta mil dólares.
—¿A quién?
—A un hombre llamado Samuel Grant.
—¿Quién es?
Marcus hizo una pausa.
—El conductor que David contrató hace tres meses.
Sentí un escalofrío.
—¿Para qué?
—Para estar cerca de ti.
—¿Dónde está ahora?
Marcus respiró profundamente.
—Desapareció esta mañana.
El miedo regresó de golpe.
—¿David lo mató?
—No lo sabemos.
Entonces escuché un ruido fuera de mi habitación.
Un golpe.
Después otro.
Marcus dejó de hablar.
—Emily, ¿hay alguien contigo?
Miré hacia la puerta.
—No.
—No abras.
La manija comenzó a moverse.
Mi corazón se aceleró.
Marcus gritó desde el teléfono:
—¡Emily, aléjate de la puerta!
La puerta se abrió de golpe.
Pero no era David.
Era un hombre alto, con una chaqueta oscura y sangre en la manga.
Reconocí su rostro.
Era Samuel Grant.
El hombre que David había contratado para seguirme.
Se apoyó contra la pared, respirando con dificultad.
—No… no confíes en David.
Marcus seguía hablando por el teléfono.
—¿Quién es ese hombre?
Samuel me miró.
—Tu marido no quiere robarte el dinero.
Se llevó una mano al costado herido.
—Quiere que mueras antes de que puedas contarle a nadie quién mató a tu padre.
Mis ojos se llenaron de lágrimas.
—¿Quién lo mató?
Samuel cerró los ojos.
Y pronunció un nombre que jamás había imaginado escuchar.
—Claire Miller.
Mi suegra.
Antes de que pudiera reaccionar, Samuel se desplomó.
Y el monitor fetal comenzó a emitir un sonido rápido y desesperado.
Mi bebé estaba entrando en sufrimiento.