Parte 2 — La llave del hotel
El sobre de la tarjeta del hotel quedó inmóvil junto al pequeño estuche de medicamentos de mi nieta.
Mi hija también lo vio.
Por un instante, ninguna de las dos dijo nada.
Mi nieta seguía aferrada a mi camisa.
—Abuelo… —susurró.
Me agaché todo lo que pude, ignorando el dolor de mi mandíbula.
—Estoy aquí, pequeña. Nadie va a tocarte.
Mi hija recogió lentamente el sobre del suelo.
Lo abrió.
Dentro había una tarjeta magnética.
En la parte exterior aparecía el nombre de un hotel del centro.
Mi hija frunció el ceño.
—¿Qué hacía esto en su bolso?
No tuve tiempo de responder.
Desde el pasillo llegó la voz de su tío.
—¡Devuélveme eso!
Mi hija se giró.
Él seguía junto a la puerta, con una mano apoyada contra el marco y la otra sobre la cabeza donde ella lo había golpeado.
Su esposa estaba detrás de él.
—No tienes derecho a revisar nuestras cosas —dijo ella.
Mi hija levantó la tarjeta.
—Entonces dime qué es.
Silencio.
El hombre miró a su esposa.
Ella evitó sus ojos.
Ese pequeño gesto fue suficiente.
Mi hija volvió a mirar la tarjeta.
—¿Cuándo estuvieron en ese hotel?
—No estuvimos allí —respondió él demasiado rápido.
—Entonces, ¿por qué tienes una tarjeta?
—Puede ser de cualquier persona.
Mi hija soltó una risa seca.
—No. No puede ser de cualquier persona. Está en tu bolso.
Él dio un paso hacia nosotros.
Yo me puse inmediatamente delante de mi nieta.
—Ni se te ocurra acercarte.
Mi mandíbula palpitaba con cada palabra.
Él me miró con odio.
Pero esta vez no avanzó.
Mi hija tomó su teléfono.
—Voy a llamar a la policía.
La esposa de él palideció.
—¡No hagas eso!
—¿Por qué?
Ella no respondió.
Mi hija miró nuevamente la tarjeta.
Luego miró el vendaje de su hija.
Algo cambió en su rostro.
—¿Qué le hicieron a su muñeca?
—Nada —contestó el hombre.
—Tiene una lesión.
—Se cayó.
Mi nieta levantó la cabeza.
Y dijo algo que hizo que todos quedáramos en silencio.
—No me caí.
Mi hija se arrodilló frente a ella.
—Cariño, ¿qué pasó?
La niña miró hacia su tío.
Después bajó los ojos.
—Me dijo que no llorara.
Sentí que se me cerraba la garganta.
—¿Quién?
La niña señaló al hombre.
—Él.
Su esposa inmediatamente intervino.
—Está confundida.
Mi hija se levantó.
—Tiene tres años. No está confundida.
La pequeña volvió a hablar.
—Me dijo que si gritaba, mamá se iba a ir.
Mi hija quedó completamente inmóvil.
Yo sentí un escalofrío recorrerme la espalda.
—¿Y después? —preguntó mi hija con suavidad.
La niña miró el hielo que todavía se derretía sobre el suelo.
—Me dolía.
Mi hija cerró los ojos durante un segundo.
Después llamó al servicio de emergencias.
Su tío se puso nervioso.
—¡No necesitas hacer esto!
—Sí, lo necesito.
—Solo estábamos intentando bajarle la temperatura.
Mi hija señaló el termómetro tirado en el suelo.
—Entonces, ¿por qué no llamaron a un médico?
Él no respondió.
—¿Por qué la sujetaban?
Silencio.
—¿Por qué le pusieron hielo directamente sobre las piernas?
Ninguna respuesta.
Entonces mi hija miró la tarjeta del hotel otra vez.
—Y ahora quiero saber qué pasó allí.
Su esposa comenzó a llorar.
—No entiendes.
—Entonces explícamelo.
La mujer miró a su marido.
Él negó lentamente con la cabeza.
—No digas nada.
Mi hija escuchó aquello.
—¿No digas qué?
La mujer se llevó una mano a la boca.
Pero ya era demasiado tarde.
Mi hija dio un paso hacia ella.
—¿Qué ocurrió en ese hotel?
La mujer rompió a llorar.
—No fuimos nosotros quienes empezamos todo esto.
Mi hija se quedó helada.
—¿Qué significa eso?
El hombre la miró con furia.
—Cállate.
Pero su esposa ya había comenzado a hablar.
—Hace tres semanas recibimos dinero.
Mi hija abrió los ojos.
—¿De quién?
La mujer miró hacia mí.
Después hacia la niña.
—De alguien que quería que la niña desapareciera durante unos días.
El silencio que siguió fue insoportable.
—¿Desapareciera? —pregunté.
La mujer asintió.
—No querían hacerle daño. Solo querían llevársela lejos.
Mi hija apretó los puños.
—¿Quién?
La mujer respiró profundamente.
—No lo sé.
—¡Mientes!
—¡No sé quién era! —gritó ella—. Solo recibimos instrucciones.
Mi hija levantó el teléfono.
—¿Qué instrucciones?
La mujer señaló el sobre de la tarjeta.
—Nos dijeron que fuéramos a ese hotel. Allí alguien nos entregaría los documentos.
Mi corazón se detuvo por un instante.
—¿Qué documentos?
Ella no contestó.
Mi hija se acercó.
—¿Documentos de quién?
La mujer miró a la niña.
—De tu hija.
Mi nieta se escondió todavía más detrás de mí.
Mi hija se quedó blanca.
—¿Qué documentos?
La mujer tragó saliva.
—Su certificado de nacimiento.
Entonces escuchamos sirenas acercándose a la casa.
Su tío intentó retroceder.
Pero antes de que pudiera hacerlo, mi hija levantó la tarjeta del hotel y dijo:
—Ahora vamos a descubrir quién pagó para llevarse a mi hija.
Y en ese momento, mi nieta tiró suavemente de mi camisa.
Me agaché.
Ella señaló el bolsillo de la chaqueta de su tío.
—Abuelo…
—¿Qué pasa?
—Ahí está el papel.
Miré hacia el bolsillo.
Un pequeño borde blanco sobresalía de la tela.
Su tío lo notó al mismo tiempo.
Y por primera vez, el hombre que había estado fingiendo tener todas las respuestas pareció realmente asustado.
Porque el papel que sobresalía de su bolsillo llevaba escrito un nombre.
Y no era el nombre de mi hija.
Era el de la madre de mi hija.