PART 3: «Ayúdeme Con El Ganado Y Les Daré Un Hogar»: El Inesperado Trato De Una Viuda Y Un Padre – News

PART 3: «Ayúdeme Con El Ganado Y Les Daré Un Hogar»: El Inesperado Trato De Una Viuda Y Un Padre

PART 3: «Ayúdeme Con El Ganado Y Les Daré Un Hogar»: El Inesperado Trato De Una Viuda Y Un Padre

Los días en el rancho de Piedras Blancas comenzaron a tejerse con una rutina que, lejos de ser monótona, trajo una paz que aquellas paredes de adobe no habían sentido en años. La presencia de Rosendo y el balbuceo constante de Luciana llenaron los vacíos que el luto había dejado en la vida de Dolores. Una tarde, mientras el viento cálido mecía las ramas de los mezquites, Dolores tejía en el porche y observaba a la niña jugar sobre una manta en el suelo. Al escuchar los pasos de Rosendo acercándose desde los corrales, la pequeña levantó la vista, pero en lugar de gatear hacia su padre, estiró los bracitos hacia Dolores, exigiendo que la levantara.

Rosendo se detuvo, apoyando una mano en el pilar de madera, y una sonrisa suave le cruzó el rostro.

—Ya la busca antes que a mí porque sabe que estoy cerca —comentó él, con un tono que mezclaba el asombro con una profunda ternura.

—Usted también lo está —respondió Dolores, acomodando a la niña en su regazo, sintiendo el calorcito de su cuerpo contra el pecho—. Cada día está más despierta. Ya no tiene aquella mirada de miedo con la que llegó.

Rosendo se sentó en el escalón de piedra, quitándose el sombrero de palma y dejándolo a un lado. Observó a la mujer que había salvado a su hija, notando las líneas de expresión que enmarcaban sus ojos, huellas de batallas pasadas.

—¿Usted extraña mucho a sus hijos? —preguntó él de pronto, atreviéndose a cruzar esa línea invisible que separa a un empleado de un compañero de vida.

Dolores no apartó la vista de Luciana. Suspiró, un sonido ligero que se perdió en la brisa.

—Sí. Aprendí a extrañarlos sin dejar de vivir.

—¿Y cómo aprendió eso?

—Ocupándome de lo que importa. Y aceptando su ausencia —murmuró ella, acariciando el cabello fino de la bebé—. Cada día Luciana se parece más a Esperanza, ¿verdad?

Rosendo asintió, sintiendo el nudo familiar en la garganta, pero esta vez sin el desgarro de la desesperación.

—Los ojos de quienes amamos se quedan con nosotros —dijo Dolores, mirándolo con una comprensión absoluta—. No sé si algún día dejará de doler. Tal vez duela distinto, pero todavía hay vida aquí. La casa ya no se siente tan vacía.

—A mí tampoco me pesa tanto volver aquí —confesó Rosendo, y en esa simple declaración, ambos reconocieron que el rancho se había convertido en un refugio compartido.

El trabajo, sin embargo, no daba tregua. La temporada avanzaba y con ella, la necesidad de asegurar el sustento del invierno.

—En septiembre llevaremos cuatro novillos a la feria —anunció Dolores una mañana, revisando las cuentas en la mesa de la cocina—. Yo puedo negociar el precio con usted. ¿Podrías cuidar a Luciana mañana, Ambrosia?

La vecina, que había dejado atrás sus reticencias al ver cómo florecía el rancho, aceptó encantada.

—Claro. Ustedes atiendan el ganado. Tranquilos —respondió Ambrosia, llevándose a la niña con una sonrisa.

La feria ganadera era un hervidero de sombreros, relinchos y polvo. Mientras Dolores inspeccionaba los corrales, un hombre de bigote espeso y botas finas se acercó a Rosendo. Era Garza, dueño de una de las haciendas más grandes de la región, conocido por acaparar a los mejores trabajadores.

—¡Doña Dolores, qué gusto verla! —saludó el hombre con falsa cortesía antes de clavar la mirada en el vaquero—. Y él, Rosendo, me dicen que la ayuda con sus reses. ¿De dónde viene, muchacho? Bueno, lo importante es que sabe trabajar. En mi rancho siempre hay trabajo, Rosendo. Doble sueldo, mejor comida.

Rosendo no parpadeó. Limpió el sudor de su frente y miró al hacendado con una calma pasmosa.

—Gracias. Estoy bien donde estoy —respondió, cortando de tajo cualquier intento de persuasión.

Garza se encogió de hombros, disimulando su molestia, y se marchó. Dolores, que había escuchado todo, se acercó a su capataz, con el orgullo latiendo en el pecho.

—Lo de Garza no cambia mi decisión, doña Dolores. No tiene que justificarse —se adelantó a decir Rosendo—. Quería decirle que no me iré con él.

—Lo escuché, Rosendo. Gracias por decírmelo —respondió ella, y juntos se dirigieron a cerrar el trato de sus animales—. Ahora tenemos ganado que vender. Los cuatro están sanos. Ese precio es muy bajo… —le espetó Dolores al comprador un rato después, cruzándose de brazos—. No vamos a malvenderlos esta vez. Aceptó pagar lo justo. Sí, por los cuatro. Ni uno regalado.

Regresaron al rancho con el dinero necesario para pasar la temporada, con el espíritu ligero y la satisfacción del deber cumplido. La tarde caía dorada sobre el patio cuando recogieron a Luciana. La niña, emocionada al verlos, se soltó de las manos de Ambrosia.

—Mire, Rosendo… se quiere soltar. Espere, que voy a estar cerca —dijo Dolores, arrodillándose a unos pasos de distancia y abriendo los brazos.

La bebé tambaleó, sus piernitas temblando de esfuerzo, y dio uno, dos, tres, cuatro pasos antes de caer riendo en el abrazo protector de Dolores.

—¡Caminó solita hasta usted! —exclamó Rosendo, con los ojos brillantes de emoción.

—Cuatro pasitos. ¡Qué valiente eres, mi niña! —la celebró Dolores, llenándola de besos.

Más tarde, cuando la euforia se asentó y la noche cubrió el campo, Rosendo miró a Dolores meciendo a la niña.

—Le tomó mucho cariño a Luciana —dijo él en voz baja.

—Sí. Y no quiero fingir lo contrario —admitió ella.

—No le incomoda que me busque tanto… es mi hija. Merece que la quieran, pero… si un día nos marchamos, usted sufrirá. Piensa irse de las Piedras Blancas alguna vez, los tratos suelen terminar.

Dolores levantó la vista, clavando sus ojos oscuros en los de él.

—A este no le puse fecha, Rosendo.

—Yo tampoco quiero ponerle fecha.

—Entonces, sigamos cuidando lo que tenemos.

Pero la tranquilidad era frágil. Dos días después, el sonido de un motor desconocido rompió la quietud del mediodía. Un hombre de traje gris, con un maletín de cuero y zapatos llenos de polvo, bajó de un sedán negro. Se sacudió la solapa con gesto de asco y miró alrededor.

—Busco al señor Rosendo Alcántara Fuentes. ¿Trabaja aquí? —preguntó el hombre con tono burocrático.

—¿Quién lo solicita? —respondió Dolores, saliendo al paso, su instinto territorial encendiéndose de inmediato.

Rosendo salió del granero, limpiándose las manos con un trapo.

—Soy yo. ¿Qué se le ofrece?

El licenciado abrió su maletín y sacó un sobre sellado.

—Traigo una notificación legal de sus hermanos.

Rosendo palideció, el trapo cayendo de sus manos.

—¿Qué quieren mis hermanos ahora?

El abogado ajustó sus anteojos.

—Quieren quedarse con Luciana. Afirman que usted, siendo un jornalero itinerante, no puede darle estabilidad ni un futuro seguro.

La sangre hirvió en las venas de Rosendo. Dio un paso al frente, los puños apretados, la desesperación y la rabia peleando en su garganta.

—¡Mi rancho es un hogar estable! —intervino Dolores, poniéndose delante de Rosendo como una leona defendiendo a los suyos.

—Sus hermanos plantean llevarlo ante un juez, señor Alcántara —continuó el abogado, ignorando a la viuda—. Van a argumentar que usted no tiene casa propia, que vive de la caridad y que es incapaz de mantener a una menor.

—La pobreza no le quita el amor de padre —rugió Rosendo, sintiendo que el suelo se abría bajo sus pies—. ¡Es mi hija! ¡No voy a abandonarla!

—Luciana vive aquí. Yo puedo decirlo y atestiguarlo —sentenció Dolores, su voz resonando en el patio, cortante como un látigo.

El abogado la miró con condescendencia.

—Pero la casa está a nombre de usted, señora, no de él. Hoy es su empleado. ¿Qué pasa si su empleado pierde el trabajo? Ante la ley, él no tiene nada que ofrecerle a la niña.

Rosendo miró a Dolores, el terror brillando en sus ojos. Iban a quitarle lo único que le quedaba, la única razón por la que sus pulmones seguían buscando aire cada mañana.

—Es mi rancho. Sí —dijo Dolores, irguiéndose en toda su estatura, mirando al licenciado con fuego en la mirada—. Y también es su hogar. Lo diría delante de un juez.

—Lo diría porque es verdad —secundó Rosendo, aunque su voz tembló ante la maquinaria legal que amenazaba con aplastarlo.

—Ya escuchamos su recado, licenciado —remató Dolores, señalando el camino de salida—. No nos rendiremos por una carta.

—Espero una respuesta por escrito, o la demanda procederá —advirtió el abogado, dándose la vuelta—. Puede demostrar que podrán quedarse de forma permanente, o habrá una decisión firme de un juez. Se la comunicaremos.

El sonido del motor alejándose dejó un silencio pesado, asfixiante. Rosendo se dejó caer en el banco de madera, cubriéndose el rostro con las manos curtidas, sintiendo que el fantasma de la pérdida volvía para arrebatarle su mundo entero una vez más.

LEER MÁS 👉👉

Disclaimer: This story is fictional and created for entertainment purposes only. Any names, characters, places, or events are fictitious or used fictitiously. No real person or organization is intended to be portrayed.

Related Articles