capítulo 5 — la verdad detrás de las treinta y cuatro ranas – News

capítulo 5 — la verdad detrás de las treinta y cuatro ranas

capítulo 5 — la verdad detrás de las treinta y cuatro ranas

capítulo 5 — la verdad detrás de las treinta y cuatro ranas

—¿Qué acabas de decir? —pregunté.

Mi abogado repitió lentamente:

—Tu padre nunca murió.

Me quedé mirando a Amy.

Durante años había crecido creyendo que su abuelo había muerto en un accidente de carretera. Mi madre había sido quien me lo contó. Nunca había tenido razones para dudar de ella.

—Eso es imposible.

—Encontré documentos antiguos —dijo mi abogado—. Una transferencia bancaria, registros médicos y una declaración de identidad. Tu padre salió del país bajo otro nombre pocos meses después del supuesto accidente.

—¿Por qué mi madre me mentiría?

—Eso es lo que tenemos que descubrir.

Colgué.

Amy me tomó de la mano.

—Mamá… ¿el abuelo está vivo?

No sabía qué responder.

—Parece que sí.

Esa noche no dormimos.

A la mañana siguiente, mi abogado me entregó una dirección.

Era una pequeña casa en las afueras de la ciudad.

Cuando llegamos, un hombre anciano abrió la puerta.

Tenía el cabello completamente blanco.

Pero sus ojos…

Reconocí aquellos ojos inmediatamente.

Era mi padre.

Me quedé paralizada.

Él también.

Durante varios segundos ninguno de los dos pudo hablar.

Finalmente, sus labios temblaron.

—Has crecido.

Sentí que las lágrimas comenzaban a caer.

—Mamá me dijo que estabas muerto.

Mi padre bajó la mirada.

—Lo sé.

—¿Por qué?

Entramos.

Mi padre se sentó lentamente y nos contó la verdad.

Años atrás, él había descubierto que un grupo de personas utilizaba una empresa familiar para ocultar dinero y documentos ilegales. Mi madre encontró las pruebas y decidió conservarlas.

Temían que alguien intentara quitárselas.

Por eso crearon las treinta y cuatro ranas.

Las treinta y tres que habían llegado a mis manos contenían fotografías, documentos y pequeñas pistas.

La número treinta y cuatro contenía la prueba principal.

—¿Dónde está? —pregunté.

Mi padre me miró.

—Tu marido la tiene.

Sentí un nudo en el estómago.

—¿Cómo?

—Porque él encontró algunos de los documentos antes que tú.

Entonces todo comenzó a encajar.

El divorcio.

El dinero.

Las cerraduras.

La colección asegurada.

La secretaria.

Mi marido no había actuado solamente por la separación.

Había estado buscando algo.

Mi padre continuó:

—La secretaria también está involucrada. Su familia estuvo relacionada con aquella empresa.

—¿Y la anciana?

—Era la persona que ayudó a tu madre a esconder las ranas.

Me llevé las manos al rostro.

Todo aquel misterio había comenzado mucho antes de que yo comprara aquella caja por diez dólares.

—¿Por qué nunca regresaste?

Mi padre tardó en responder.

—Porque durante años pensé que era la única manera de mantenerte a salvo.

Lo miré con lágrimas en los ojos.

—Pero me dejaste pensar que estabas muerto.

—Fue la decisión más dolorosa de mi vida.

Entonces Amy se acercó a él.

—¿Eres mi abuelo?

Mi padre sonrió entre lágrimas.

—Sí.

Amy lo abrazó.

Y por primera vez en muchos años, vi a mi padre llorar.


Pero todavía faltaba la rana número treinta y cuatro.

Mi abogado consiguió una orden para recuperar determinados objetos de la antigua casa.

Cuando llegamos, mi marido ya sabía que habíamos descubierto la verdad.

La policía estaba allí.

Él salió lentamente del despacho.

En sus manos llevaba una caja.

La dejó sobre la mesa.

—No sabía qué contenía —dijo.

Lo miré.

—Mentira.

Bajó la cabeza.

—Al principio no.

Su secretaria también fue interrogada.

Finalmente, mi marido entregó la rana.

Era idéntica a las otras.

Pero dentro había un pequeño dispositivo de almacenamiento y varios documentos.

Aquellas pruebas demostraban que el dinero que había desaparecido de la cuenta no había sido utilizado simplemente para sus gastos personales.

Había intentado comprar documentos y ocultar transferencias relacionadas con la antigua empresa.

Mi abogado entregó todo a las autoridades.

El resto quedó en manos de la justicia.

Yo ya no quería saber cuánto tiempo pasaría él enfrentando las consecuencias.

Solo quería recuperar mi vida.


Tres meses después, Amy y yo ya no vivíamos en el motel.

Mi abogado consiguió recuperar parte del dinero y algunas de mis pertenencias.

Alquilamos una pequeña casa.

No era grande.

No tenía muebles lujosos.

Pero era nuestra.

Una tarde, Amy colocó las treinta y tres ranas sobre una estantería.

Luego dejó un espacio vacío en el centro.

—¿Por qué no pones la número treinta y cuatro ahí? —pregunté.

Ella negó con la cabeza.

—Esta no es para nosotros.

Sonreí.

—¿Entonces para quién?

Amy señaló a mi padre, que estaba sentado en el jardín.

—Para el abuelo.

Mi padre recibió la rana unos días después.

Dentro ya no había secretos.

Solo una fotografía.

Era una imagen de mi madre, mi padre y yo cuando era pequeña.

En la parte posterior había una última frase escrita por mi madre:

“Algún día nuestra familia volverá a estar completa.”

Mi padre lloró al leerla.

Yo también.

Y Amy, que había comenzado todo al romper accidentalmente una pequeña rana de porcelana, se acercó y nos abrazó a los dos.

Entonces comprendí algo.

Había comprado aquellas treinta y tres ranas pensando que eran un regalo barato para que mi hija no tuviera un cumpleaños triste.

Pero terminaron devolviéndome algo que creía perdido para siempre:

a mi padre.

Y, de alguna manera, también me devolvieron a mí misma.

Las treinta y cuatro ranas ya no eran un misterio.

Eran el recuerdo de todo lo que habíamos perdido…

y de todo lo que finalmente conseguimos recuperar.

Disclaimer: This story is fictional and created for entertainment purposes only. Any names, characters, places, or events are fictitious or used fictitiously. No real person or organization is intended to be portrayed.

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