PART 3: Sus hijos vendieron el rancho a los 88 años — pero el gallo no dejaba de escarbar junto al pozo
La noche se cerró sobre el rancho La Peñita con la pesadez de una cobija empapada. El viento silbaba colándose por las rendijas de las ventanas de madera, y la lluvia, que había empezado como un chipichipi, pronto se convirtió en un chubasco en forma. Adentro de la camioneta blanca, estacionada estratégicamente frente al portón, el radio de comunicación soltó un chicharreo estático antes de que la voz del abogado irrumpiera en la cabina oscura.
“Ya estás instalado, Facundo. No te duermas,” advirtió la voz metálica del licenciado. “Los viejos son más listos de lo que parecen.”
Facundo, arrebujado en su chamarra de mezclilla y con el asiento reclinado, tomó el radio con desgana. “Aquí estoy, licenciado, ya instalado. Despreocúpese. Solo hay un gallo y una viejita dormida. Mejor la hacemos rodar entre los dos.” Soltó una risita seca, apagó el radio y cerró los ojos, arrullado por el golpeteo del agua contra el toldo del vehículo.
A escasos metros de ahí, resguardados bajo el alero de la cocina de humo, Natividad e Isaí observaban la camioneta. La anciana se había envuelto en un rebozo de lana negra y llevaba en la mano una pequeña linterna apagada. Isaí cargaba una barreta de metal, temblando ligeramente, más por los nervios de estar desafiando a sus tíos que por el frío de la Mixteca.
“Despacito, despacito, mijo,” susurró Natividad, avanzando hacia la oscuridad del patio, pisando donde el lodo estaba más firme para no hacer ruido. “Que el vigilante tiene el sueño liviano y Clarín tiene el pico largo.”
Llegaron al brocal del pozo arrastrándose casi en cuclillas. La tierra, reblandecida por la tormenta, cedía fácilmente bajo sus zapatos. Isaí clavó la barreta junto a la piedra que cubría el rincón de Eustaquio y comenzó a hacer palanca. Estaban a punto de aflojar la losa cuando, de repente, Clarín, asustado por el movimiento brusco del metal o indignado por la lluvia, soltó un aleteo escandaloso y un cloqueo agudo que rompió el silencio de la madrugada.
En la camioneta, las luces frontales se encendieron de golpe, barriendo el patio con dos conos de luz blanca y cegadora. Se escuchó el portazo. Facundo bajó, echando pestes, con una linterna potente en la mano.
Natividad jaló a su nieto por la camisa, tirándolo al suelo detrás del muro de adobe del pozo, justo a tiempo. El haz de luz de Facundo pasó a centímetros de sus cabezas.
“¡Ya cállate, que me despiertas a todo el pueblo!” gritó el peón, apuntando la luz directo al gallo, que, empapado, lo miraba desde lo alto de una cubeta volteada. Facundo escupió al lodo, tiritando de frío. “Nada. Un gallo loco y yo aquí de ridículo, con frío y sin sueño. Mañana te encierro para hacerte caldo.”
Facundo regresó a la camioneta y apagó las luces, pero se quedó sentado al volante, encendiendo un cigarro cuyo brillo rojo se veía desde la distancia.
Isaí soltó el aire que no sabía que estaba aguantando. “Casi nos agarra, abuela,” susurró, con el corazón saliéndole por la garganta. “¿Y ahora qué hacemos con la piedra?”
Natividad, con el cabello empapado pegado a las mejillas, miró hacia la camioneta con rabia contenida. “La dejamos como estaba. Volvemos cuando llueva más fuerte. Clarín nos delató, pero nos avisó a tiempo.” Miró al ave, que se sacudía el agua de las plumas. “Aquí te quedas hasta que firmen, gallo travieso. Ya me hiciste perder una noche de sueño.”
A la mañana siguiente, el cielo seguía encapotado, pero la lluvia había dado tregua. El rancho amaneció con ese olor inconfundible a tierra mojada y a leña quemada. Eran apenas las ocho cuando el ruido de un motor diferente rompió la calma. No era la camioneta del abogado, sino un sedán del que bajaron Gaudencio y un hombre de lentes, bata blanca y maletín de cuero.
Natividad estaba sentada en la cocina, trenzándose el cabello cano con parsimonia, cuando los vio entrar sin tocar.
“Doña Natividad, buenos días,” dijo el hombre de bata, acomodándose los lentes. “Sus hijos me pidieron revisarla.”
Natividad no dejó de trenzarse el pelo. Lo miró de arriba abajo, con la frialdad de quien evalúa a un animal de carga. “Pero antes dígame quién le paga la consulta,” dijo con voz de piedra, “para saber a quién le contesto.”
El doctor carraspeó, incómodo, cruzando una mirada rápida con Gaudencio, quien se quedó en el marco de la puerta con los brazos cruzados. “Doña, solo quiero hacerle unas preguntas de rutina. ¿Qué día es hoy? ¿Y en qué mes estamos?”
Natividad terminó de amarrarse la trenza con un listón oscuro y se acomodó en la silla, clavándole la mirada. “Viernes 23 de octubre. Huele a cempasúchil en el aire. En una semana va el altar de mi marido.”
El médico anotó algo en su libreta, intentando mantener un tono profesional. “Bien. Ahora, reste siete a cien. De siete en siete, hasta donde llegue.”
Natividad soltó una carcajada seca, sin una gota de humor. “Noventa y tres. Ochenta y seis. Setenta y nueve. Setenta y dos… ¿Sigo o ya vio que sé contar mejor que el cajero de su banco?”
Gaudencio apretó la mandíbula. “Doctor, en agosto no sabía ni quién era ella misma. Eso importa para los papeles del notario.”
Natividad se puso de pie, y aunque era pequeña, llenó la cocina con su presencia. “En agosto tenía fiebre y delirio, señora,” dijo el doctor, cerrando la libreta de golpe y dirigiéndose a Gaudencio. “Eso se cura. Hoy su madre está perfectamente lúcida.”
“Doctor, necesitamos algo por escrito que diga que ya no puede decidir, por su propia tranquilidad,” insistió Gaudencio, perdiendo los estribos, dando un paso hacia el médico.
El doctor recogió su maletín, claramente ofendido. “Eso no lo voy a firmar, don Gaudencio. Le escribiría exactamente lo contrario, con muchísimo gusto.”
Natividad miró a su hijo con una tristeza que dolía más que el coraje. “Ve, doctor. Mis hijos no quieren cuidarme. Quieren un papel que diga que no puedo decidir.”
El médico se detuvo en la puerta, le dedicó una pequeña reverencia de respeto a la anciana y se dirigió a Gaudencio. “Si necesita un certificado de lucidez, venga a mi consultorio en Tlaxiaco. Se lo firmo gustoso.” Y sin más, se marchó.
Gaudencio pateó una silla de madera, mandándola al suelo con un estrépito. Afuera, el abogado ya lo esperaba junto a su camioneta.
“Plan B, don Gaudencio,” dijo el licenciado, ajustándose la corbata con fastidio al escuchar las malas noticias. “El lunes entra la máquina y limpiamos el pozo de raíz antes de que se invente otra locura.”
“Está bien, licenciado,” concedió Gaudencio, pasándose las manos por la cara, derrotado por la terquedad de la vieja. “Pero que no se lastime nadie, ¿eh? Es mi madre.”
Desde la ventana, Natividad escuchó la condena. Si metían la maquinaria, la lata de Eustaquio quedaría enterrada para siempre o, peor aún, destruida entre las garras de acero de la excavadora. Levantó la vista hacia las nubes negras que se arremolinaban sobre el cerro. “Pues que llueva, Dios mío, que llueva fuerte,” murmuró como un rezo. “Que el lunes entra la máquina y hay que sacarlo de aquí antes de que lo tapen para siempre.”
Araceli y Remigio entraron a la cocina poco después. Araceli traía una taza de atole humeante, intentando jugar a la hija buena. “Mamá, no se puede estar así por un gallo. Coma algo, aunque sea un atole.”
Natividad rechazó la taza con un movimiento de mano. “No es un gallo, Remigio. Araceli. Es la voz de su padre, y sus propios hermanos la encerraron.”
“Todos ya tenemos prisa, y usted solo está complicando las cosas,” reclamó Araceli, perdiendo la paciencia. “Siempre fue terca, mamá, pero esto es de locos. ¿Qué espera encontrar bajo una piedra? ¿Oro?”
“Espero encontrar a tu padre, hija,” contestó Natividad, su voz quebrando el aire frío de la cocina. “Y espero que algún día lo recuerdes sin esas prisas de irte a contar billetes.” Se enderezó, mirando a sus dos hijos. “Yo ya soy reina de una milpa y un pozo. Así que guarda tu residencia con jardín y enfermeras, Araceli, que de aquí no me muevo ni a la fuerza.”
Araceli soltó un bufido de frustración y salió dando un portazo. Remigio se quedó atrás. Se acercó a su madre, mirando de reojo hacia la puerta para asegurarse de que nadie los escuchara.
“Hijo,” murmuró Remigio, bajando la cabeza, “yo no puedo ir contra mis hermanos… pero el gallo no tiene la culpa. Si tú abres esta noche el cerrojo del zaguán para ir al pozo… yo no vi nada. ¿Entendido?”
Natividad le tocó el hombro rudo a su hijo menor. Era lo más parecido a una disculpa que iba a conseguir de él. “Gracias, hijo,” le dijo suavemente. “A veces tardamos en ser hombres, pero lo importante es llegar.”
La tarde empezó a caer, trayendo de vuelta la amenaza de tormenta. Mientras Natividad preparaba otra vez la linterna y los plásticos, Leocadia apareció por la puerta trasera, escurriendo agua de su rebozo mostaza, sosteniendo una olla de barro tapada con un trapo.
“Nati,” dijo su vecina, con una sonrisa cómplice y los ojos brillando de picardía, “le traje caldo caliente para el vigilante. Con un platito de estos, ese pobre diablo ronca y no se entera ni aunque le caiga un rayo al lado.”
Natividad miró la olla y luego a su amiga de toda la vida. La guerra por el rancho estaba a punto de desenterrar su primer gran golpe.