PART 4: Sus hijos vendieron el rancho a los 88 años — pero el gallo no dejaba de escarbar junto al pozo
Natividad miró la olla de barro que Leocadia le ofrecía, de donde escapaba un vapor con olor a epazote y pollo. Negó lentamente con la cabeza, esbozando una media sonrisa agradecida pero firme. “Con el caldo basta, Leo,” dijo, tomando la olla con cuidado de no quemarse las manos. “No le eches nada raro. No quiero que nadie se enferme por mi culpa, y menos con este frío de los diablos.”
Antes de que cayera la noche, un auto sedán negro, de esos que rara vez se veían por los caminos de terracería de la Mixteca, se estacionó junto a la camioneta de los peones. De él bajó don Heriberto Lascurain, el comprador de Tlaxiaco. Era un hombre de porte elegante, vestido con una chamarra de gamuza que parecía temerle al lodo del rancho. Se acercó al corredor donde Natividad desgranaba unas mazorcas, fingiendo una amabilidad que no le llegaba a los ojos.
“Doña Natividad, mucho gusto,” dijo Heriberto, extendiendo una mano que la anciana ignoró olímpicamente. Retiró la mano con disimulo y tosió. “Le aseguro que cuidaré su pozo como cuido el mío. Con mi proyecto de riego, el agua alcanzará para todo. Hay que modernizar este rancho, señora.”
Natividad dejó caer una mazorca en la canasta de carrizo. Levantó la vista, clavándole una mirada que hizo sentir al hombre de ciudad como un chiquillo regañado. “Un pozo no se cuida con palabras, don Heriberto. Se cuida con tequio, con trabajo del pueblo,” sentenció ella, su voz cortante como un machete recién afilado.
Gaudencio, que venía saliendo de la casa, se interpuso rápidamente, sudando frío. “No hay que discutir con la señora, don Heriberto. El lunes empezamos con la maquinaria y listo. Todo está en orden.”
Heriberto asintió, incómodo, y se retiró a su auto. Remigio, que había presenciado todo desde el corral, se acercó a su hermano mayor. Le temblaban las manos. “Gaudencio,” murmuró, “papá dijo algo del pozo antes de morir. ¿No te acuerdas de lo que dijo?”
Gaudencio soltó una carcajada seca, llena de desprecio. “Papá dijo muchas cosas, Remigio. Dijo que la luna era de plata. Ya estaba mal de la cabeza.”
“Hermano,” insistió Remigio, sintiendo que el pecho se le oprimía, “el plazo se cumple el viernes. Si no lo resuelvo, las consecuencias son graves. Debo dinero, y siento que estoy solo en esto… sin ayuda de nadie, ni de mamá, ni tuya. Lo de mamá también es mío, es herencia.”
Gaudencio lo agarró de la camisa, empujándolo contra la cerca de madera. Sus ojos estaban inyectados de codicia y miedo. “El licenciado dice que todo es legal. Y yo ya firmé, así que tú también vas a firmar el viernes. Cuidado con lo que le enseñas a tu hijo, Remigio, que la sangre se hereda y los problemas también. Te me cuadras o te aplasto.”
La noche finalmente engulló al rancho, y con ella llegó el chubasco que el radio había prometido. El cielo se rompió en un aguacero furioso que convertía la tierra en lodo resbaladizo. En la cocina, Isaí repasaba el equipo a la luz de una vela: el zapapico, la pala, la linterna envuelta en plástico y unos costales viejos.
“Abuela, el cielo está negro hacia el cerro,” susurró el muchacho, asomándose por la ventana.
“Que caiga, mijo,” respondió Natividad, apretándose el rebozo. “Alista todo.”
Afuera, la voz del abogado Quiñones volvió a sonar en la radio de la camioneta. “Ya viene el agua, licenciado. Nadie se asoma con esta lluvia,” se quejaba Facundo, subiendo el cristal de la ventana.
“Quédate despierto, Facundo,” ordenó el abogado con tono venenoso. “Quien teme a la lluvia es el que escondió algo.”
Remigio, amparado por la oscuridad del corredor, le dio una palmada en la espalda a su hijo Isaí. Su voz temblaba, pero por primera vez en años, sonaba a la de un padre. “Hijo, yo no vi nada. Si el gallo anda suelto, fue el viento.”
Isaí lo miró, y en la penumbra, una sonrisa de orgullo le cruzó el rostro. “Gracias, papá. Hoy sí vi qué hombre eres, aunque no lo hayas dicho.”
Natividad tomó la olla de barro humeante y caminó bajo la lluvia, sin paraguas, sintiendo el agua helada golpearle la cara. Se acercó a la ventanilla de la camioneta y dio unos golpecitos con los nudillos. Facundo bajó el cristal unos centímetros, sorprendido.
“Aquí le traigo caldo caliente, joven,” dijo la anciana, su voz filtrándose por la rendija junto con el olor a epazote. “Que con este chubasco hasta los guardias se enferman.”
“Gracias, señora, pero no puedo bajar,” respondió Facundo, tragando saliva al oler el caldo. “Tengo que vigilar el terreno hasta que amanezca.”
“¿Tú de dónde eres, hijo?” preguntó Natividad, con un tono maternal que desarmó al peón. “Mi sobrino vive en Huajuapan. Cuéntame, que la noche está larga.”
Facundo bajó un poco más el cristal y tomó el plato hondo que la anciana le tendía. El calor del barro le revivió las manos congeladas. “De Huajuapan, señora. De la Mixteca Baja,” murmuró el hombre, con la mirada perdida en el vapor. “Mi mamá… mi mamá hacía un caldo así, igualito.”
Mientras Facundo soplaba el caldo, perdido en la nostalgia, Isaí se deslizó como una sombra hacia el pozo. Clarín ya estaba ahí, empapado pero firme, rascando la tierra reblandecida. Isaí hincó el zapapico.
“La piedra ya salió,” susurró el muchacho, sintiendo cómo el metal cedía. “Siento la tierra blanda. Voy con cuidado.”
Natividad, que había regresado silenciosamente, se hincó a su lado en el lodo. “Cava a un lado del brocal, mijo, no debajo. Así, un palmo cada vez.” Miró al gallo con devoción. “Ay, mi Clarín, qué listo eres. Bendito. Aquí seguiste escarbando todos estos años. Aquí está tu tesoro, el de Eustaquio, viejo mañoso.”
Las manos de Isaí toparon con algo duro. Arrancó un pedazo de lodo y la vio. “Abuela, es una lata cuadrada envuelta en plástico. Está oxidada pero entera.”
“Sácala con cuidado, mijo,” ordenó Natividad, con la voz quebrada por la emoción, las lágrimas confundiéndose con la lluvia. “Como si fuera pan caliente. Tu abuelo la cuidó mucho.”
De repente, dos luces potentes barrieron el camino de entrada. Una camioneta de lujo frenó en seco. Era el licenciado Quiñones, que había decidido dar una ronda sorpresa. Bajó del vehículo a zancadas, protegiéndose con un paraguas negro.
“¡Buenas noches, Facundo!” gritó el abogado por encima del ruido de la lluvia, apuntando una linterna hacia el pozo. “Pasaba por aquí y vi movimiento. ¿Todo en orden con ese hoyo?”
El corazón de Isaí se detuvo. Estaban atrapados a la mitad del patio, con la lata a medio sacar.
Pero antes de que el haz de luz los alcanzara, una figura se interpuso en el camino del abogado. Era Remigio.
“Todo tranquilo, licenciado,” dijo Facundo desde la camioneta, limpiándose la boca con la manga. “Solo la señora Leo que me trajo caldo. Nadie más.”
Remigio se acercó al abogado, forzando una sonrisa amable, cubriendo con su cuerpo la línea de visión hacia el pozo. “Mi madre duerme como bendita, licenciado. Venga, que lo empapó la lluvia. Pásele al corredor, le preparo café de olla.”
El abogado entrecerró los ojos, desconfiado, intentando mirar por encima del hombro de Remigio. “Está bien… diez minutos. Pero luego revisamos ese pozo con calma, don Remigio.”
En la oscuridad del pozo, Natividad apremió a su nieto. “Rápido, mijo. La losa donde estaba, la tierra encima, y que la lluvia borre lo demás.”
“Listo, abuela,” jadeó Isaí, metiendo la pesada lata bajo su sudadera empapada. “Parece que nadie tocó nada.”
Se escurrieron hacia la cocina de humo justo cuando Remigio llevaba al abogado hacia el corredor principal. Una vez a salvo, a la luz temblorosa de una veladora, Natividad e Isaí pusieron la lata sobre la mesa de madera.
“Ábrela tú, mijo,” dijo la anciana, limpiándose el lodo de la cara. “Mis manos ya no tienen fuerza y mi corazón tiene demasiada. Está sellada con cera y plástico.”
Isaí usó una navaja de bolsillo para cortar el plástico apelmazado y raspó la cera. Con un chasquido metálico, la tapa cedió.
Un olor denso y familiar inundó la cocina. “Huele a tu abuelo, mijo,” susurró Natividad, cerrando los ojos. “Huele a su tabaco, a su pipa… a tiempo guardado. Cuarenta años lo olí sin saber que me esperaba aquí.”
Isaí sacó un legajo de papeles amarillentos envueltos en otro hule. Sus ojos se abrieron de par en par al leer los encabezados. “¡Es una escritura original, abuela! Y un convenio con sello rojo. Dice que el rancho no se vende sin usted.”
El muchacho sacó un último papel, doblado con cuidado. Era una nota escrita con el pulso tembloroso pero firme de Eustaquio.
“Y esa carta…” pidió Natividad, acercándose. “Léela despacito. Yo oí su voz cuarenta años y quiero oírla otra vez.”
Isaí aclaró su garganta y leyó en un susurro ronco: “Si lees esto, el gallo te hizo caso. La llave abre el arca del comité”.
Natividad miró los papeles sobre la mesa. El triunfo inicial se agrió ligeramente al comprender la magnitud de lo que su marido había planeado. “Esto solo no basta, mijo,” dijo con gravedad, tocando el sello rojo. “Sin un testigo vivo o el libro grande de la notaría, dirán que tú lo falsificaste. Mañana mismo entra la máquina… tenemos que movernos rápido.”