PART 8: Sus hijos vendieron el rancho a los 88 años — pero el gallo no dejaba de escarbar junto al pozo – News

PART 8: Sus hijos vendieron el rancho a los 88 años — pero el gallo no dejaba de escarbar junto al pozo

PART 8: Sus hijos vendieron el rancho a los 88 años — pero el gallo no dejaba de escarbar junto al pozo

A la mañana siguiente, el aire en la Notaría Pública del licenciado Pineda, en Tlaxiaco, estaba viciado, cargado de una tensión que se podía masticar. El reloj de pared marcaba casi las dos de la tarde. En la sala de juntas, de paredes forradas en fina madera, estaban reunidos los involucrados en lo que pretendía ser el último clavo en el ataúd del rancho La Peñita.

Gaudencio estaba sentado en una esquina, pálido y sudoroso, mirando fijamente la mesa de cristal. Heriberto Lascurain, el comprador, revisaba unos papeles con cara de pocos amigos.

“Señores, estamos reunidos para firmar la cancelación, o en su defecto, la escritura definitiva del rancho La Peñita,” dijo el licenciado Pineda, acomodándose los lentes. “¿Está todo en orden, licenciado Quiñones?”

Quiñones, que había llegado con la esperanza de salvar su tajada manipulando a Gaudencio a última hora, esbozó una sonrisa nerviosa. “Todo en orden, licenciado Pineda. Solo falta la firma de las partes para proceder como la ley manda.”

La puerta de doble hoja de la sala se abrió de golpe. No entró una secretaria, sino la licenciada Regina Ordaz, escoltada por Natividad, que caminaba erguida con su bastón, y por Isaí, que cargaba un libro inmenso, pesado y empastado en piel oscura, como si fuera una reliquia sagrada.

“Licenciado,” interrumpió Regina Ordaz, con una voz que cortó el aire como un látigo. “Antes de que nadie firme nada, le presento el tomo original de 2018 con el convenio de los Bolaños.”

Pineda se puso de pie, sorprendido, y tomó el pesado libro que Isaí depositó sobre la mesa de cristal con un golpe sordo. “Licenciada Ordaz… no había visto este tomo. ¿Está usted segura de que es auténtico?”

Regina se acercó a la mesa, señalando el relieve en la página amarillenta. “Cada folio lo asentó y selló mi padre, don Fortín Ordaz. Aquí consta el convenio familiar y el uso vitalicio de doña Natividad. El rancho no puede venderse.”

Pineda hojeó el documento, frunciendo el ceño. Luego clavó una mirada severa en su colega. “Entonces, licenciado Quiñones… el poder notarial del que di fe en agosto no tomaba en cuenta este convenio preexistente. Usted omitió información crucial.”

Natividad dio un paso al frente, apoyando ambas manos en su bastón. Miró a Pineda directamente a los ojos. “Usted dio fe de mi huella sin verme, licenciado. Su escribiente fue al hospital cuando yo ardía en fiebre y no sabía ni mi nombre. Me dijeron que era para cobrar una pensión.”

Quiñones retrocedió un paso, acorralado, sudando a mares. “¡Doña Natividad! Fue… fue una gestión rápida. Yo confié en la palabra de don Gaudencio y no debí. La señora está influenciada ahora mismo, esto es una manipulación de su nieto…”

“Licenciado Quiñones,” lo interrumpió Regina Ordaz, implacable, pareciendo un halcón sobre su presa. “Esto será una denuncia formal por fraude. El Colegio de Notarios ya está informado de sus prácticas desde esta mañana. Vaya buscando un buen abogado.”

Quiñones, blanco como el papel, tragó saliva, tomó su portafolios y salió de la sala casi corriendo, sin despedirse de nadie.

Natividad se acercó a la mesa de cristal. Miró el documento de revocación que Pineda había preparado apresuradamente tras ver el libro.

“No sé firmar, licenciada,” dijo Natividad con la voz firme y clara. “Solo sé poner mi huella.”

Pineda le acercó rápidamente la almohadilla de tinta negra. “Ojos abiertos aquí, doña. Hágalo con calma.”

Natividad presionó su pulgar derecho en la tinta y luego lo estampó con fuerza sobre el papel blanco. “Esta huella sí vale,” sentenció, mirando a Gaudencio, que seguía en su rincón, “porque la pongo a la vista de todos, con mi cabeza buena y mi voluntad entera. Con esta huella revoco el poder de mis hijos y ratifico el convenio de mi marido.”

“Así consta en acta,” declaró Pineda, sellando el documento. “Y la señora, como titular del uso vitalicio, puede dictar sus condiciones para que se asienten en el registro comunitario.”

El silencio volvió a reinar. Natividad se enderezó y miró a Isaí. “Toma nota, mijo, que esto va para el pueblo.”

Carraspeó y dictó con la solemnidad de un juez en la Mixteca: “Primera: Leocadia será la presidenta del comité del agua, como lo era mi Eustaquio.”

Leocadia, que había esperado afuera y acababa de asomarse por la puerta, se llevó las manos al pecho, sorprendida. “Ay, Nati… Yo no sé de papeles, mujer, pero sé de agua. Y te juro por Dios que ese pozo lo cuido con mi vida.”

“Segunda,” continuó Natividad, girándose hacia Gaudencio. “Mis hijos harán tequio en el pozo tres domingos seguidos. A pico y pala. Y Gaudencio devuelve hoy mismo el anticipo al señor Lascurain.”

Gaudencio, con la voz quebrada y la mirada en el suelo, asintió torpemente. “Lo devolveré, mamá… aunque tenga que vender mi camioneta hoy mismo. Los tres domingos los hago con gusto.”

“Tercera,” remató Natividad, poniéndole una mano en el hombro a su nieto. “Isaí será el secretario del comité. Para que lea lo que los viejos ya no alcanzamos a ver.”

Isaí la miró con los ojos brillantes. “Gracias, abuela. Prometo por la memoria de mi abuelo no firmar nada que no lea antes.”

Una semana después, el clima en el rancho La Peñita había cambiado. El aire frío de finales de octubre traía consigo el perfume dulzón y embriagador de la flor de cempasúchil y el humo espeso del copal. A lo lejos, la campana de la iglesia del pueblo daba campanadas lentas, anunciando la víspera del Día de Muertos.

En el corredor de la casa, Natividad terminaba de acomodar las cañas y las mandarinas en el altar de siete escalones.

Un ruido sordo la hizo voltear. Era Gaudencio. Había llegado a pie desde la carretera. Su ropa estaba llena de polvo y ya no traía su reluciente reloj de pulsera.

“Vine a ayudar con el altar, mamá,” dijo, quedándose en el límite del corredor, sin atreverse a pisar la sombra del techo. “Y a pedirle perdón otra vez. Pero ya no tengo camioneta… solo traigo las manos.”

Natividad lo miró largo rato. El resentimiento se había ido, pero la lección tenía que echar raíces. Caminó hacia él y le entregó una pala vieja que estaba recargada en la pared. “Las manos sirven, hijo,” le dijo suavemente. “Toma la pala y limpia el brocal del pozo, que mañana empezamos el rezo ahí. El perdón se gana despacio, sudando la tierra.”

Gaudencio tomó la pala, asintió con humildad y caminó hacia el pozo sin decir una palabra más.

Araceli, que llevaba toda la mañana moliendo cacao en el metate, se secó las manos en su delantal y se acercó al altar. Traía entre las manos un marco de madera tallada con la fotografía de Eustaquio, de cuando era joven y traía el sombrero de lado.

“Mamá,” preguntó Araceli en un susurro, “¿puedo poner yo la foto de papá en el centro del altar? Quiero hacerlo bien esta vez.”

Natividad sonrió, una sonrisa cansada pero llena de paz, y le hizo un espacio entre dos veladoras de vaso. “Ponla, hija. Y mírala mucho rato. Tu padre te enseñó a no tener prisa, y a ti se te olvidó por andar corriendo detrás del dinero.”

Desde su mecedora, que Isaí había acomodado cerca del altar, don Anacleto observaba la escena, bebiendo un atole de masa. A sus pies, Clarín, el gallo, picoteaba unas semillas de calabaza que habían caído al suelo.

“Ay, Nati,” rio el viejo Anacleto con su voz rasposa. “¿Quién iba a pensar que un triste gallo cuidaría el testamento de tu marido mejor que unos hijos educados en la ciudad?”

Natividad miró a Clarín, que infló el pecho y soltó un cloqueo satisfecho. “Un gallo no firma papeles a tus espaldas, Anacleto,” respondió ella, echándole un puñito de maíz al ave. “Un gallo sabe perfectamente quién le da el maíz todos los días… y tener memoria, en estos tiempos, es mucho más que lo que tienen algunos.”

Isaí salió de la casa cargando un montón de panes de muerto cubiertos de azúcar. Miró a su alrededor buscando dónde ponerlos. Su vista se topó con algo arrumbado junto a la cerca.

“Abuela,” llamó el muchacho, “¿y la placa roja del licenciado? La que dice ‘Se Vende’. ¿Qué hacemos con ella? Está ahí estorbando.”

Natividad miró el pesado letrero de lámina roja, el mismo que casi le arranca la vida y la historia hace unos días. Sus ojos se entrecerraron con picardía.

“Úsala de mesa, mijo,” ordenó la anciana, señalando un hueco junto al altar. “Ponla sobre un par de cubetas. Que sirva de algo bueno por fin. Pon encima el pan de muerto y las calaveritas de azúcar.”

Isaí sonrió de oreja a oreja. Colocó el letrero rojo como mesa, tapando la palabra “Vende” con las canastas de pan y las flores naranjas.

Mientras el humo del copal subía hacia el cielo gris de la Mixteca, envolviendo la memoria de Eustaquio y la fuerza de su viuda, Clarín saltó sobre el brocal del pozo recién limpiado por Gaudencio. El gallo estiró el cuello, batió sus alas rojizas con fuerza y soltó un canto largo, potente y victorioso que rebotó en los cerros, anunciando a todo el pueblo que el rancho La Peñita, y su pozo, seguían teniendo dueña.

Disclaimer: This story is fictional and created for entertainment purposes only. Any names, characters, places, or events are fictitious or used fictitiously. No real person or organization is intended to be portrayed.

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