PARTE 2: Se BURLÓ del caballo de la empleada… sin saber que era el CAMPEÓN que salvaría la hacienda
El viento soplaba frío en el lindero norte de la hacienda, agitando las hojas secas de los mezquites. Lejos de las miradas curiosas de los peones, la traición tomaba forma. Don Celso, un hombre de rostro afilado y sonrisa lúgubre, aguardaba montado en su caballo moro. Braulio llegó puntual, acompañado por Valeria, cuya expresión de fastidio contrastaba con la gravedad del momento.
—Faltan tres días, Braulio —dijo don Celso, arrojando un pesado sobre de cuero negro que aterrizó con un ruido sordo sobre el cofre de la camioneta del capataz—. Aquí hay cien mil pesos, y Relámpago no corre el domingo.
Braulio tomó el sobre, sintiendo el grosor de los billetes, y una sonrisa perversa cruzó su rostro. Rápidamente, sacó un papel de su bolsillo. —Le firmo el recibo, don Celso. Mañana mismo le corto media cincha a la montura. Al primer galope se revienta el cuero y se acabó el caballo de don Ignacio.
Valeria observaba la transacción con los brazos cruzados y una frialdad escalofriante. Su desprecio por Los Laureles y su vida campirana era absoluto. —Sin el manantial, Mateo tendrá que vender este rancho apestoso a estiércol y mudarse conmigo a Guadalajara —sentenció ella, acomodándose los lentes de sol—. Y además le echamos la culpa a la moza muerta de hambre para que la echen a la calle como el animal que es.
El plan era perfecto en su maldad, pero la soberbia de Valeria la traicionaría antes de lo pensado. Esa misma tarde, de vuelta en la casa grande, se encerró en el despacho para celebrar por teléfono con el enemigo. Mateo, que venía por el pasillo buscando unos registros veterinarios, se detuvo en seco al escuchar la voz de su prometida a través de la puerta entreabierta.
—Relámpago ya quedó cojo, don Celso… —decía Valeria, soltando una carcajada cristalina y cruel—. El domingo se queda usted con el manantial.
Mateo empujó la puerta de golpe, con el rostro blanco por la incredulidad y la furia. —¿Con que celebrando con nuestro enemigo, Valeria? —su voz era baja, pero vibraba con una intensidad peligrosa—. En este instante se cancela nuestro compromiso.
Valeria palideció, dejando caer el teléfono sobre el escritorio de caoba. Intentó recomponerse rápidamente, ensayando su mejor cara de víctima. —Escuchaste mal, mi amor. Mateo, yo solo llamé a Celso para reclamarle porque… porque Lucía rompió la silla.
—Oí tu risa clarito, Valeria —la interrumpió él, mirándola con un asco que nunca antes había sentido—. Jamás serás mi esposa. Palabra de criador.
Pero la cancelación de la boda no detenía el desastre que ya estaba en marcha. A la mañana siguiente, durante el entrenamiento matutino, la tragedia golpeó Los Laureles. Lucía ensilló a Relámpago como todos los días, ajena a la trampa mortal que Braulio había preparado al amanecer. Al dar el primer galope fuerte en la pista de tierra, un chasquido sordo resonó en el aire. La cincha de cuero se partió en dos. La montura resbaló hacia un lado, arrojando a Lucía violentamente contra la cerca, mientras Relámpago tropezaba, lastimándose la pata delantera en un intento desesperado por no caer sobre ella.
El caos se desató en la pista. Don Ignacio corrió hacia el caballo mientras los peones auxiliaban a Lucía, quien apenas podía respirar por el golpe. El veterinario llegó en cuestión de minutos y, tras revisar al majestuoso animal negro, pronunció las palabras que sentenciaban a la hacienda. —No está roto, don Ignacio, pero tiene un esguince severo. Necesita tres semanas de reposo absoluto. No puede correr el domingo.
Don Ignacio, con las manos temblorosas, levantó del suelo la cincha reventada. Sus ojos expertos analizaron el corte limpio en el cuero. —Esta cincha no se rompió por vieja… fue cortada con navaja —rugió el anciano, su voz quebrando el silencio sepulcral del corral—. En Los Laureles tenemos un traidor adentro.
Aprovechando la confusión, Braulio se deslizó hacia la zona de los pesebres. Lleno de resentimiento porque Mateo había terminado con Valeria —y sabiendo que su propia cabeza estaba en juego—, sacó el grueso fajo de billetes que le había dado don Celso y lo metió apresuradamente en las alforjas de cuero desgastado de Lucía. Al mismo tiempo, guardó celosamente en su propio bolsillo el recibo firmado, su única garantía en caso de que Celso intentara traicionarlo.
Minutos después, con la respiración agitada y fingiendo indignación, Braulio irrumpió en el patio central llevando las alforjas de la muchacha. —¡Aquí están cien mil pesos en la alforja de Lucía, patrón! —gritó para que todos lo escucharan, arrojando los fajos de billetes sobre la mesa del patio—. ¡Ella vendió a Relámpago! ¡Cortó la cincha y cobró el dinero de don Celso!
Mateo, aún aturdido por la lesión de su caballo y la traición de Valeria, sintió que el mundo se le venía abajo al mirar el dinero sucio frente a sus ojos. Caminó hacia Lucía, quien apenas se mantenía en pie, con el rostro ensangrentado por la caída. —Te abrí las puertas en Los Laureles, Lucía —le dijo Mateo, con la voz rota por la decepción—. Confié en ti, y nos entregaste al enemigo por dinero.
Lucía se enderezó, ignorando el dolor punzante en sus costillas. No apartó la mirada, sosteniendo el escrutinio de Mateo con la fiereza de quien tiene la conciencia limpia. —Míreme a los ojos, don Mateo. Jamás lastimaría a un caballo, ni por todo el oro del mundo. Mi padre me enseñó a vivir con poco, pero con honra.
—Estuviste sola con la montura esta mañana, Lucía, y ese dinero estaba en tu alforja —intervino don Ignacio, ciego de dolor por perder su hacienda—. Eres una malagradecida.
Braulio, regodeándose en su victoria, se acercó al rincón donde Lucía guardaba sus pocas pertenencias. Tomó la herradura de cobre, el único recuerdo que Lucía conservaba de su padre y su amuleto de la suerte, y la arrojó sin piedad al bote de basura. —Ahí está tu amuleto en la basura, ladrona. Ubícate, por favor, y lárgate del rancho.
El silencio fue cortado por los pasos firmes de doña Socorro, quien salió de la cocina secándose las manos en su delantal. Sus ojos relampagueaban de rabia al ver la injusticia. —Si corren a mi ahijada por una mentira, yo también me voy con ella hoy mismo —sentenció la cocinera, poniéndose al lado de Lucía como un escudo humano—. En esta casa están ciegos de soberbia.
Don Ignacio, inamovible en su furia, señaló los portones de hierro de la hacienda. —Toma tu caballo retinto viejo y sal de mis tierras antes de que baje el sol.
Lucía, con una dignidad que hacía palidecer a los patrones, caminó hacia el bote de basura, rescató la herradura de su padre, la limpió contra su camisa y se giró por última vez hacia la familia que la estaba desterrando. —Me voy con la frente limpia, don Ignacio. Y el domingo… el domingo sabrá quién traicionó realmente a su casa.
A lo lejos, escondido detrás de las pacas de alfalfa, Tomás observaba la escena con lágrimas corriendo por sus mejillas. El peso de su silencio lo asfixiaba. Sabía que Lucía era inocente, sabía del complot de Braulio, pero el terror de que su madre perdiera el tratamiento médico lo mantenía encadenado a la cobardía.
Mientras Lucía y doña Socorro emprendían el camino polvoriento hacia el lienzo viejo del pueblo, llevando a Norteño del cabestro, Los Laureles se hundía en la desesperanza. Faltaban cuarenta y ocho horas para la carrera más importante de sus vidas, no tenían caballo, no tenían jinete, y el manantial parecía estar irremediablemente perdido.