PART 2: Un Secreto Enterrado, Un Amor Prohibido y una Verdad OCULTA
El calor de los fogones en la cocina de la Hacienda El Roble era un abrazo reconfortante frente a la tormenta que se avecinaba. Amaranta, con las manos enharinadas y el rostro salpicado de sudor, amasaba la masa para las tortillas con una destreza que solo los años de necesidad pueden enseñar. Doña Consuelo la observaba desde el otro lado de la gran mesa de madera, picando tomates con un cuchillo afilado, pero con la mente puesta en un pasado que de pronto parecía haber regresado para llamar a la puerta.
—Mija —comenzó Doña Consuelo, bajando la voz y mirándola con una ternura empapada de nostalgia—, ¿por qué usted no me ha contado nada de los detalles? ¿De dónde viene exactamente? Me dijo que su madre se llamaba Josefina, pero no me quiso decir sus apellidos.
Amaranta detuvo sus manos sobre la masa. Suspiró profundamente, sintiendo el peso de la ausencia de su madre oprimiéndole el pecho.
—Mi mamá era Josefina Miranda, Doña Consuelo. Era la mejor mujer del mundo. Se la pasaba día y noche tejiendo manteles hermosos, finos, con bordados que parecían pintados a mano. Pero el dinero nunca alcanzaba. Mi papá nos dejó cuando yo era muy chiquita, o al menos eso me dijo ella, que había muerto… y luego vinieron las deudas. Nos quitaron la casa, nos quitaron todo.
El cuchillo de Consuelo se detuvo en seco. Los ojos de la robusta mujer se llenaron de lágrimas que amenazaban con desbordarse.
—¡Virgen santísima! —exclamó Consuelo, llevándose las manos al rostro—. ¿Josefina Miranda? ¿La tejedora de San Isidro? ¡Claro que la conocí, mija! Su mamá le vendía los tejidos a mi niña Inés, la difunta esposa del patrón. Venía cada mes, puntualita, con sus canastos llenos de manteles blancos. ¡Usted era la niña de las trenzas que siempre venía agarrada de su falda!
Amaranta abrió los ojos de par en par, sintiendo que un hilo invisible la conectaba de repente con aquel lugar que creía desconocido.
—Sí… mi mamá me traía de niña. Recuerdo vagamente esta cocina, los olores… Usted conoció a la señora Inés, entonces. Mi mamá siempre decía que era un ángel en la tierra.
—Era la mujer más buena del mundo, mija, igual que su madre —sollozó Consuelo, abrazando a Amaranta, sin importarle llenarse el delantal de harina—. Dios las tenga en su santa gloria a las dos.
La emotiva escena fue interrumpida por la figura imponente de Salvador, que apareció bajo el marco de la puerta de la cocina. Su rostro era inescrutable, pero sus ojos oscuros delataban una tormenta interna.
—Muchacha, venga un momento a mi despacho —ordenó con voz grave, cortando el aire—. Y límpiate las manos.
Amaranta sintió un vuelco en el estómago. “¿Con qué desaseo me encontró el patrón? ¿Hice algo mal?”, pensó aterrorizada. Se limpió rápidamente en el delantal, le lanzó una mirada de auxilio a Doña Consuelo y siguió a Salvador por el largo corredor de arcos hasta llegar a un despacho forrado de libros, con olor a tabaco y cuero viejo.
Salvador cerró la puerta tras ella. Se paró frente a la ventana, dándole la espalda por un momento, intentando ordenar el caos en su cabeza. Finalmente, se giró y la miró fijamente.
—No hizo nada mal, muchacha, puede estar tranquila. No la llamé para regañarla —comenzó, suavizando un poco el tono—. Pero hay que hablar de su madre. Ya sé que usted es la hija de Josefina Miranda. Y sé los problemas que trae arrastrando desde San Isidro.
Amaranta bajó la mirada, sintiendo que la tierra se abría bajo sus pies.
—Patrón… yo no quise mentirle. Solo tenía mucho miedo. Don Ezequiel, el prestamista, me echó a la calle como a un perro. Se quedó con todo lo que mi madre construyó con su sangre y su sudor. Si él me encuentra…
—Ezequiel del pueblo vecino va a estar muy interesado en saber dónde se esconde su supuesta deudora —la interrumpió Salvador, caminando lentamente hacia su escritorio—. Y créame, no voy a permitir que ese infeliz ponga un pie en mis tierras para llevársela. Pero necesito saber la verdad, Amaranta. Su madre… ¿le dejó cartas, documentos, algo que explique por qué Ezequiel la busca con tanta desesperación? Un hombre como él no persigue a una huérfana por una deuda cualquiera. Hay algo más.
Amaranta dudó por un segundo. Llevó su mano temblorosa al pecho, buscando bajo la tela de su vestido. Lentamente, sacó el pesado medallón de plata oxidada y se lo quitó del cuello, extendiéndolo hacia Salvador.
—Solo tengo este medallón, patrón —dijo con un hilo de voz—. Ella me lo dio al morir. Me hizo jurar que nunca me separaría de él, que era mi única salvación. No tengo nada más en el mundo.
Salvador tomó el medallón. Al sentir el peso del metal frío y rozar con sus pulgares los intrincados relieves de plata, su respiración se detuvo en seco. Los colores abandonaron su rostro, dejando una palidez espectral. Sus manos, recias y fuertes, comenzaron a temblar descontroladamente.
—Diosito… —susurró, con los ojos muy abiertos, acercándose a la lámpara de aceite para ver mejor los detalles grabados—. Este medallón… este medallón era de Inés. De mi esposa.
Amaranta lo miró, confundida y asustada por la reacción del patrón.
—Ella era más amiga de mi esposa de lo que yo pensaba —continuó Salvador, casi hablando para sí mismo, perdido en los recuerdos—. Inés lo llevaba siempre consigo. El día del accidente, el día que ella murió… el medallón desapareció. Yo creí que se había perdido en el río. ¿Cómo llegó esto a manos de tu madre?
—No lo sé, patrón. Mi madre nunca me explicó nada. Solo me dijo que lo cuidara con mi vida.
Mientras el pasado tejía su telaraña de misterios en el despacho del patrón, en las sombras de la noche que comenzaba a caer sobre el pueblo de San Isidro, la traición tomaba forma.
En una cantina de mala muerte, envuelto en humo de tabaco barato y olor a mezcal, un hombre de rostro afilado se acercó a la mesa donde Don Ezequiel contaba billetes arrugados. El cacique era un hombre repulsivo, de mirada porcina y corazón podrido por la avaricia.
—Don Ezequiel, buenas noches —susurró el informante, quitándose el sombrero—. Sé dónde está la hija de doña Josefina Miranda. La chamaca que le debe dinero.
Ezequiel detuvo sus manos, levantando la vista con una sonrisa retorcida que mostraba sus dientes manchados.
—Pásale, pásale, muchacho. Siéntate y tómate un trago —dijo el cacique, sirviendo un vaso de mezcal—. Esto lo tenemos que platicar muy bien. ¿Dónde se esconde la sabandija?
—En la Hacienda El Roble, patrón. Entró ayer pidiendo trabajo. Está de arrimada en la cocina de Don Salvador. Y yo sé cómo entrar sin que los perros ladren. Yo le abro el portón trasero, Don Ezequiel, si me paga lo justo.
Ezequiel soltó una carcajada ronca, golpeando la mesa con el puño.
—¡Bonita hacienda para andar escondiendo deudoras! Salvador se cree muy santurrón, pero mañana mismo voy por mi deuda. No, qué mañana… voy esta misma noche. Prepara los caballos.
Horas más tarde, la Hacienda El Roble dormía bajo un manto de estrellas. El silencio solo era roto por el canto de los grillos y el lejano aullido de un coyote. En su pequeño cuarto junto a la cocina, Amaranta no podía conciliar el sueño. Sostenía el medallón en sus manos, frotándolo bajo la luz de una vela consumida.
“Estaban juntas. No lo puedo creer. Mamá, dime qué me querías contar antes de morirte”, susurró en la penumbra. “Ayúdame desde donde estés. Siento que una sombra me persigue, que el mal está cerca”.
Y no se equivocaba.
Un ruido sordo en la despensa la hizo sobresaltarse. Guardó el medallón rápidamente en su pecho y se levantó descalza. Tomó un pesado rodillo de amasar de madera y caminó de puntillas hacia la cocina, envuelta en la oscuridad.
Al asomarse, una mano enorme, áspera y apestosa a tabaco y sudor frío le tapó la boca brutalmente, ahogando su grito en la garganta. La arrinconaron contra el fogón apagado.
—Tranquilita, chamaca… no hagas ruido —siseó una voz venenosa en su oído.
Al intentar soltarse, la luz de la luna que entraba por la ventana iluminó el rostro de su atacante. Era Don Ezequiel.
—Tú eres la hija de Josefina, muchacha. Creíste que podías escapar de mí, ¿verdad?
Amaranta forcejeó, logrando morderle la mano. El cacique maldijo por lo bajo y la soltó, pero la acorraló de inmediato, sacando un revólver reluciente de su cinturón.
—¿Quién es usted, señor? ¡Déjeme en paz! —jadeó Amaranta, temblando de terror.
—Tu madre me debía mucho dinero, escuincla. Dinero y otras cosas. Y ahora, tú me lo vas a pagar. Con tu vida, con tu trabajo de esclava o con lo que traes escondido. Dámelo.
—¡No tengo nada, señor, se lo juro por Dios! ¡Mi madre murió en la miseria!
Ezequiel sonrió con malicia, agarrándola bruscamente por el cabello, obligándola a mirarlo.
—Entonces, te vienes conmigo a mi hacienda hasta pagarme el último centavo, muchacha. Vas a sudar sangre en mis campos, y luego veremos para qué más sirves.
Antes de que Amaranta pudiera gritar pidiendo auxilio, el inconfundible sonido del gatillo de un rifle martillándose resonó en la entrada de la cocina.
—Suéltela ahora mismo, Ezequiel, o le juro que no sale vivo de mi casa.
La figura imponente de Salvador emergió de las sombras. Estaba en mangas de camisa, pero sostenía su rifle de cacería apuntando directamente al pecho del prestamista. Sus ojos ardían con una furia implacable.
Ezequiel soltó el cabello de Amaranta y levantó las manos lentamente, aunque su sonrisa burlona no desapareció.
—Tranquilo, Don Salvador. No hay necesidad de llegar a la sangre. Esta muchacha es una prófuga. Me debe mucho dinero por las deudas de su difunta madre. Es propiedad mía hasta que pague.
—Esta muchacha trabaja en mi hacienda y está bajo mi protección —gruñó Salvador, acercándose a paso firme hasta interponerse entre el cacique y la joven—. Largo de mi propiedad ahora mismo, Don Ezequiel. Y dé gracias de que no le vuelo la cabeza por allanamiento.
Ezequiel escupió al suelo, guardando su revólver. Miró a Amaranta con desprecio y luego clavó sus ojos venenosos en Salvador.
—La deuda no se olvida, Don Salvador. Son más de cinco mil pesos en oro. Usted no va a querer mancharse las manos por una vagabunda. Esto no termina así. Se lo advierto. Volveré con el juez del pueblo y los rurales.
—Yo pago su maldita deuda mañana temprano en la plaza del pueblo —sentenció Salvador, sin bajar el rifle—. Tráigame los pagarés y le daré su dinero. Pero ahora, lárguese.
Ezequiel asintió lentamente, retrocediendo hacia la puerta por donde había entrado como un ladrón.
—Mañana lo espero en San Isidro, patroncito. Y créame, este asunto va mucho más allá de un par de monedas.
Cuando el sonido de los cascos del caballo de Ezequiel se perdió en la noche, Salvador bajó el rifle y se giró hacia Amaranta, quien había caído de rodillas al suelo, sollozando presa de un ataque de pánico.
El patrón tiró el arma a un lado y se arrodilló junto a ella. Sin dudarlo, la rodeó con sus brazos protectores, apretándola contra su pecho.
—Gracias por defenderme, patrón… nunca lo voy a olvidar, pensé que me mataba —lloraba Amaranta, aferrándose a la camisa de Salvador con desesperación.
—Tranquila, Amaranta, tú tranquila aquí conmigo —le susurró él, acariciándole el cabello, sintiendo por primera vez en años que su propio corazón volvía a latir de verdad—. Yo pago tu deuda mañana temprano. No dejaré que ese monstruo te vuelva a poner una mano encima. Estás a salvo. Te lo prometo con mi vida.