PART 5: Embarazada Y Abandonada, Compró Un Naranjal Seco… Y Bajo Un Árbol Encontró Una Nueva Esperanza
El cielo sobre Santa Olaya se había teñido de un gris plomizo, anunciando una tormenta que amenazaba con lavar la tierra recién removida. El aire era pesado, cargado de humedad, cuando el sonido de la madera astillándose rompió la relativa paz del Naranjal.
—¡Abra de una vez! Venimos por lo nuestro —bramó la voz de Ramiro desde el otro lado del cerco, acompañada por los golpes secos de una barreta de hierro contra la puerta principal.
Clara, doblada sobre su propio vientre a causa de una nueva contracción, se apoyó en el marco de la casa. El sudor le empapaba la frente, pero el coraje le ardía en la mirada. —Esta propiedad es mía. No tienen permiso —gritó, con la voz rasposa pero inquebrantable.
—Suelten ese cerrojo —ordenó Ramiro a sus matones—. Hágase a un lado o lo abriremos nosotros.
En el pueblo, el eco de los golpes y el alboroto llegó rápido. Las campanas de la iglesia parecieron sonar a lo lejos, o quizás era solo el zumbido de la sangre en los oídos de Clara. El muchachito que días antes le había vendido abono apareció corriendo por el sendero, alertando a los vecinos. —¡Están forzando el Naranjal de doña Clara! —gritó el chiquillo a todo pulmón. Ramiro se giró, furioso, señalándolo con un dedo acusador. —No te metas en asuntos de familia, escuincle. —¡Suelten la palanca! —gritó el niño, retrocediendo pero sin callarse—. Están entrando por la fuerza.
La madera crujió y cedió finalmente. Ramiro entró a zancadas, pisando los canales de agua recién destapados, destilando prepotencia. —Esta es una disputa familiar —anunció, intentando justificarse ante los pocos vecinos que empezaban a asomarse con desconfianza.
Clara se irguió, ignorando el dolor agudo que le atravesaba la espalda. —¿Dónde estaba su familia cuando don Julián murió solo? —escupió ella, clavando sus ojos en los de Ramiro—. No cambie de asunto.
—Familia no significa aparecer cuando huele a dinero —replicó Ramiro, enrojecido por la ira—. Esa mujer oculta bienes de los Robles. ¡Quiero recuperar lo que me pertenece! —Compré esta ruina —le recordó Clara, dando un paso al frente—. Usted solo regresó al verla revivir.
Doña Matilde, que había llegado a paso apresurado junto con otros lugareños, alzó su bastón de madera. —Hay que traer a don Esteban, el juez del pueblo —sentenció la anciana—. Yo mismo iré. Aquí hay testigos de este atropello.
Cuando el juez don Esteban llegó, con su traje raído y su portafolio de cuero, el ambiente estaba al rojo vivo. Clara había sacado la vieja caja de madera y sus papeles. —Que vea primero la escritura y solo después la carta de don Julián —pidió ella, entregando los documentos con manos temblorosas pero seguras.
Don Esteban ajustó sus anteojos. —¿Quién ordenó forzar esta puerta? —preguntó, mirando severamente a los hombres armados con herramientas. —Exigimos revisar los bienes de mi familia —se defendió Ramiro, altanero.
El juez revisó los papeles meticulosamente, bajo la atenta mirada de todos. —La venta está registrada sin reservas sobre el terreno —dictaminó don Esteban, con voz grave—. Legalmente, no puede expulsarnos ni reclamar lo que se encuentre en la propiedad.
Al escuchar el veredicto, uno de los vecinos murmuró avergonzado: —Perdón por dudar de usted, Clara. Pero ella no quería disculpas vacías. —No necesito lástima. Necesito vecinos que escuchen.
Ramiro, acorralado, intentó una última jugada desesperada. —¿Tiene inventario legal de esos supuestos bienes? Mi tío ocultaba cosas, todos lo sabían. Don Esteban desdobló la hoja amarillenta encontrada junto a las monedas. —La escritura le da la tierra, pero esta carta habla de respeto —dijo el juez, leyendo en voz alta las palabras del difunto don Julián—. “Llegó hasta aquí quien se inclinó donde otros pasaron de largo.” Julián sabía reconocer el cuidado. Usted, Ramiro, llegó buscando llaves. No tiene derecho a juzgarla.
Desesperado y humillado, Ramiro recurrió al insulto fácil. —Su marido la abandonó. ¿Quién le creyó capaz de comprar? —Compré y trabajé —sentenció Clara, arropada por la presencia de Matilde y los vecinos—. Eso basta. Cuando llegué no había agua ni techo digno. —Eso no cambia mi apellido —bramó él. —Y a mi apellido tampoco lo pisotea nadie —interrumpió el juez Esteban—. Retírese. Forzar la entrada traerá una denuncia y, como ve, no le faltarán testigos.
Ramiro escupió en la tierra húmeda, dando media vuelta con sus hombres. —Esto no ha terminado para nosotros. —Sí —murmuró Clara, viéndolo partir—. Váyase, Ramiro.
En cuanto la figura del hombre desapareció por el camino, la adrenalina que sostenía a Clara se esfumó de golpe. Un gemido gutural escapó de sus labios y sus rodillas casi ceden. —Clara, ¿qué le sucede? —preguntó doña Matilde, sosteniéndola por los hombros—. Este dolor es diferente, ¿verdad? —Creo que ya viene… —susurró la joven, con el rostro bañado en sudor. —No trabajará más hoy —ordenó Matilde con tono castrense pero lleno de afecto.
—Quisiera discutir… pero no me queda aliento. El muchachito, que aún estaba allí, dio un salto. —¡Voy por la partera antes de la lluvia! Dejaré leña seca aquí. Mi madre mandó esto para la niña —dijo, entregándole rápidamente un pequeño atado de mantas a Matilde. —Gracias, muchacho. Regrese antes del aguacero —le pidió la anciana.
El cielo finalmente se rompió, dejando caer una lluvia torrencial sobre los árboles sedientos. Dentro de la casa, el calor de la leña recién encendida contrastaba con el frío de la tormenta. Clara se retorcía sobre el modesto catre. —Respire conmigo. No luche contra cada dolor —le indicaba doña Matilde, limpiándole el rostro con un paño—. Este trae algo bueno, aunque tenga malos modos.
—Estoy cansada, doña Matilde… Ya no puedo —lloró Clara, sintiendo que el cuerpo se le partía en dos. La anciana la tomó del rostro, obligándola a mirarla. —Sí puede, mi hija. No está sola. Míreme. Su hija ya viene. Clara apretó los dientes, aferrándose a las sábanas, escuchando el rugido de la lluvia y el eco del agua corriendo por los canales de su tierra revivida. —Entonces que me encuentre aquí… —jadeó, reuniendo las fuerzas de sus propias raíces—. En nuestra casa.