Capítulo 4: El inquilino
Capítulo 4: El inquilino
—¿Natalie? —repetí—. Explícame eso.
—No es lo que parece —dijo.
—¿Qué parece? —pregunté.
—Parece que tienes un apartamento —dije—. Con un inquilino que paga. Mientras vives gratis en mi casa.
—¡No es gratis! —dijo.
—¿No? —dije—. ¿Qué pagaste en cuarenta días?
—No… —dudó.
—Nada —dije—. Cero.
—¿Natalie? —dijo Daniel—. ¿Tienes un inquilino?
—Sí —admitió.
—¿Y me pediste quedarte hasta Navidad? —dijo.
—Era temporal —dijo—. El subarrendamiento.
—¿Temporal? —dije—. ¿Y el dinero? ¿Dónde está?
—Lo estoy ahorrando —dijo—. Para nuestro propio lugar.
—¿Con mi dinero? —dije—. Porque mientras tú ahorrabas el alquiler, yo pagaba tu comida. Tu luz. Tu agua. Tu colada.
—¿Cuánto? —dijo Daniel.
—¿Quieres números? —dije—. Los tengo. Cuarenta días. Compras. Servicios. Más de dos mil dólares.
—¿Dos mil? —dijo Natalie.
—Dos mil —dije—. ¿Y tú cuánto cobraste de alquiler?
—No es… —dudó.
—¿Cuánto, Natalie? —insistió Daniel.
—Mil doscientos al mes —susurró.
—¿Mil doscientos? —dijo Daniel—. ¿Y aquí, cero?
—¡No es lo mismo! —dijo.
—¿Por qué no? —pregunté.
—¡Porque ustedes tienen! —dijo—. ¡Tienen casa! ¡Tienen trabajos!
—¿Y por eso nos mientes? —dije.
—No les mentí —dijo—. Solo… no les conté.
—¿No contaste? —dije—. ¿El apartamento “que se cayó”? ¿Las “reparaciones urgentes”? ¿Eso fue “no contar”?
—¡Tenía miedo! —dijo.
—¿De qué? —pregunté.
—De que me dijeran que no —dijo.
—¿Y por eso los niños? —dije—. ¿”Mamá dijo que nos echas porque no nos quieres”? ¿Eso también fue miedo?
—No quise… —dijo.
—Quisiste —dije.
—¿El domingo sigue? —preguntó Daniel.
—El domingo sigue —dije—. Pero las dos semanas más… se acabaron.
—¿Por qué? —dijo Natalie.
—Habría habido dos semanas más —dije—. Quizás. Si hubieras dicho la verdad. ¿Entiendes? La verdad era la condición.
—¿Y los niños? —dijo—. ¿En la calle?
—No —dije—. En TU apartamento. El que alquilas. ¿O el inquilino es más importante que tus hijos?
—No puedo echarlo —dijo—. Tiene contrato.
—¿Contrato? —dije—. ¿Subarrendaste con contrato y aquí no pusiste ni un dólar?
—No… —dijo.
—Puedes romperlo —dije—. O buscar otro lugar. Con tus mil doscientos al mes. Pero el domingo te vas.
—¿Y lo que nos debes? —dijo Daniel.
—¿Daniel? —dijo Natalie.
—Lo que te costó a Laura —dijo—. Los dos mil. ¿Se los vas a pagar?
—No tengo… —dijo.
—Tienes el alquiler —dijo Daniel—. De este mes. Y del que viene.
—No puedo —dijo.
—Puedes —dijo Daniel—. Y vas a hacerlo.
—¿Tú también? —dijo Natalie, llorando—. ¿Mi propio hermano?
—Tu hermano te ayudó cuarenta días —dijo Daniel—. Y tú le mentiste. A él también.
Aquella noche, Daniel y yo hablamos.
—¿Me mentiste tú también? —pregunté.
—Yo no te mentí sobre el dinero —dijo.
—Me mentiste sobre Navidad —dije.
—Sí —admitió.
—¿Por qué? —pregunté.
—Porque pensé que ella lo necesitaba —dijo.
—¿Y yo? —dije—. ¿Yo qué necesito?
—Necesitas que te elija —dijo.
—¿Y? —dije.
—Y te elijo —dijo—. Tarde. Pero te elijo.
Sonó el teléfono. La madre de Daniel.
—¿Laura? —dijo—. ¿Qué es eso de que echas a Natalie?