PART 2: Arriesgó todo para salvar a su patrón… pero jamás imaginó cómo se lo pagaría… – News

PART 2: Arriesgó todo para salvar a su patrón… pero jamás imaginó cómo se lo pagaría…

PART 2: Arriesgó todo para salvar a su patrón… pero jamás imaginó cómo se lo pagaría…

El trayecto de regreso desde el aeropuerto de Toluca hasta la mansión en las Lomas de Chapultepec fue un sepulcro sobre ruedas. Dentro de la lujosa camioneta, el silencio era tan denso que parecía asfixiar a sus ocupantes. Alejandro miraba por la ventana, con la mandíbula tensa y los puños apretados sobre las rodillas. Estaba furioso, sí, pero su furia estaba dirigida hacia una sola persona: Rosa. La humillación pública, el espectáculo bochornoso en la pista… todo le hervía en la sangre.

Valeria, sentada a su lado, mantenía una expresión de falsa aflicción, acariciando suavemente el brazo de su marido. Sin embargo, por el espejo retrovisor, cruzaba miradas cargadas de veneno con Esteban, quien conducía el vehículo.

—No puedo creer el descaro de esa mujer —murmuró Valeria, rompiendo el hielo con voz aterciopelada—. Tantos años dándole de comer, Alejandro. Tantos años tratándola casi como de la familia, para que nos pague con este teatro de celos.

Alejandro soltó un suspiro pesado, pasándose las manos por el rostro. —No quiero hablar de ella, Valeria. Ya di la orden. Esteban, asegúrate de que le paguen hasta el último centavo de su liquidación hoy mismo. Y que el chofer supervise cuando recoja sus cosas. No la quiero volver a ver cruzando el umbral de mi puerta.

Esteban asintió con rigidez. —Claro, hermano. Yo me encargo.

Al llegar a la mansión, Alejandro se encerró inmediatamente en su despacho, pidiendo que no lo molestaran. Valeria y Esteban, asegurándose de que estaban completamente solos en la inmensa sala de estar, finalmente dejaron caer sus máscaras.

—¡Estaba furioso! —susurró Esteban, pálido, sirviéndose un trago doble de whisky con manos temblorosas—. El plan se fue al diablo, Valeria. Si no hubiera sido por esa sirvienta entrometida, ahora mismo seríamos dueños de todo.

Valeria le arrebató el vaso de las manos y se bebió el licor de un solo golpe. Sus ojos brillaban con una rabia asesina. —¿De qué me sirve que esté furioso con ella? Alejandro sigue vivo, imbécil. Dime exactamente cuánto alcanzó a contarle antes de que llegáramos.

—Nada —Esteban negó con la cabeza, secándose el sudor de la frente—. Tú la callaste a tiempo. Pero no podemos confiarnos. Esa mujer sabe demasiado. Escuchó lo del avión y, peor aún, sabe lo nuestro. Si Alejandro ata cabos…

—Alejandro no va a atar nada —lo interrumpió Valeria, tajante—. Ya me encargué de que Rosa mantenga el pico cerrado. Le mandé una foto de la casa de su padre. Sabe que si abre la boca, el viejo se muere. Pero necesito que vayas para allá. Quiero verla salir de esta casa con sus chivas y asegurarme de que entienda, de una vez por todas, lo que le conviene hacer.

Esteban frunció el ceño. —No vengas conmigo. Alejandro está aquí y podría verte salir. Rosa ya se va. Yo me encargo de que no hable.

Mientras tanto, en el cuarto de servicio, Rosa empacaba sus escasas pertenencias en un par de bolsas de lona vieja. Las lágrimas ya no le salían; se habían secado, dejando paso a una desolación absoluta. Apenas ayer le había prometido a su padre que este mes estarían mejor, que con el aguinaldo adelantado podrían arreglar las goteras del techo. ¿Cómo iba a mirarlo a los ojos y decirle que lo había perdido todo?

Esteban entró de golpe a la pequeña habitación, sin tocar. Rosa dio un respingo, apretando una fotografía de su difunta madre contra el pecho.

—El pago está completo, Rosa —dijo Esteban, arrojando un sobre amarillo sobre la cama destendida—. Firma el recibo, recoge tus cosas y sal de la casa. Esta misma tarde.

Rosa miró el sobre, luego miró al hombre que planeaba asesinar al amor de su vida. El coraje le burbujeó en la garganta.

—Señor… no tengo dónde pasar la noche. Déjeme quedarme hasta mañana, saldré a primera hora sin causar ningún problema. Por favor…

Esteban soltó una carcajada seca, desprovista de cualquier empatía. —¿Crees que soy estúpido? Eso es lo que quiere Alejandro, que te quedes otra noche para buscarte cuando Valeria duerma. No, mi reina. No vas a volver a jugar con sus lágrimas ni con su lástima. Y antes de salir, vas a pedirle perdón a mi esposa… digo, a la esposa de Alejandro. No voy a aceptar que la dejes humillada.

Rosa alzó la barbilla. La dignidad era lo único que no cabía en esas bolsas de lona. —Puedo irme de su casa, señor, pero no voy a pedirle perdón a esa víbora por algo que no hice. Yo sé la clase de alimañas que son los dos.

Esteban acortó la distancia, agarrándola del brazo con violencia. —Entonces, sal ahora mismo. Si todavía insistes en faltarle al respeto a la señora de esta casa, no tenemos nada más que hablar. Y recuerda, una sola palabra a Alejandro… y tu papito amanece en bolsas negras.

Rosa se soltó de un tirón, agarró sus cosas y caminó hacia la puerta. —Yo no vine a hacerle daño a mi patrón… Ojalá algún día él recuerde eso, aunque hoy no quiso escucharme. Mírese, Don Esteban. Se cree muy listo, pero la culpa se lo va a comer vivo.

El trayecto en transporte público hasta Iztapalapa le tomó a Rosa más de dos horas. El cielo de la Ciudad de México se había oscurecido, anunciando una tormenta torrencial. Cuando finalmente llegó frente a la fachada de concreto descascarado y varillas expuestas de la casa de su padre, sintió que las piernas no le respondían.

Esa foto… la foto que Valeria le había enviado, había sido tomada exactamente desde la acera de enfrente. El peligro era real.

Tocó la puerta de lámina con los nudillos lastimados. Pasaron varios minutos hasta que se escuchó el chirrido de la cerradura. Don Carmelo, un hombre encorvado por los años y agriado por el alcohol barato, abrió la puerta. Al ver a su hija con las bolsas de lona, su expresión de aburrimiento se transformó en un ceño fruncido.

—Papá… —susurró Rosa, sintiendo que un nudo le ahogaba la voz—. Por favor, no me grites. Hoy no me siento bien. Déjame entrar y sentarme un momento.

Carmelo no se movió del marco de la puerta. Sus ojos inyectados en sangre escanearon las bolsas. —¿Y ahora qué traes ahí? Si vienes a buscar ayuda, ya sabes que esta casa no es beneficencia. Para apoyar con los gastos siempre tienes alguna excusa preparada, ¿verdad?

—Te envié la mayor parte de mi pago, papá —suplicó ella, con la voz quebrada—. Cubrí la luz y tus gastos médicos de este mes. Yo también necesito salir adelante… Me despidieron esta mañana. Todavía no tengo otro trabajo. Por eso vine a pedirte dónde quedarme, solo unos días en lo que encuentro algo.

La cara de Carmelo se desfiguró por la rabia. —¿Te despidieron? ¡Inútil! —le escupió, señalándola con un dedo tembloroso—. Ahora, ¿quién va a mantener esta casa? Tantos años tragando de los ricos y ni tu pinche trabajo supiste cuidar.

—¡No me preguntaste qué pasó, papá! —estalló Rosa, llorando abiertamente, sintiendo que el corazón se le partía en mil pedazos—. Siempre te he ayudado. Di mi vida entera por ti. ¡Sacrifiqué mi juventud para que no te faltara nada! Hoy solo necesito que no me trates así… me amenazaron de muerte, papá. Querían hacernos daño.

Pero Carmelo no escuchaba razones; solo escuchaba que la fuente de su dinero se había secado. —¿Traes dinero de la liquidación, al menos? —preguntó con los ojos entrecerrados—. Muestra el bolso para organizar los gastos, a ver cuánto te dieron.

Rosa apretó su bolso contra el pecho. —Puedo ayudarte con una parte, claro que sí, pero necesito guardar un poco para buscar trabajo, para moverme…

—Guárdate tus miserables monedas —bramó el anciano, dando un paso al frente para empujarla hacia la calle mojada—. Si no vas a mantenerme como Dios manda, lárgate de aquí. No quiero a una inútil fracasada viviendo de arrimada en mi casa.

—¡Papá, no me eches! —gritó Rosa, cayendo de rodillas en el pavimento húmedo, aferrándose al pantalón de su padre—. ¡Afuera hay gente que nos quiere hacer daño! Déjame quedarme esta noche. Mañana salgo temprano y busco trabajo, te lo prometo por mi madre, pero no me dejes en la calle.

—¡A la calle, Rosa! —rugió Carmelo, pateando la mano de su hija para que lo soltara—. Cuando tengas dinero y sirvas para algo, hablamos. Mientras tanto, búscate un padrote que quiera hacerse cargo de ti.

El portazo de lámina resonó en toda la cuadra, seguido del sonido de los seguros pasándose por dentro.

Rosa se quedó sentada en la banqueta, bajo la lluvia fría que comenzaba a caer, mezclándose con sus lágrimas. Se abrazó a sus rodillas, temblando. Le había mandado dinero durante tantos años, se había privado de todo, incluso de soñar con una vida propia, por mantener a ese hombre. Nunca pensó que la dejaría tirada como a un perro callejero cuando más lo necesitaba.

Sacó su celular, protegiéndolo de las gotas de lluvia con su mano. Abrió la conversación con Valeria y miró la foto de la casa nuevamente.

Una claridad repentina, dura y fría como el hielo, atravesó la mente de Rosa. Había soportado las humillaciones, los insultos, había perdido su trabajo y había sido expulsada por su propia sangre para proteger a un hombre que ni siquiera la quería. Se había callado para proteger a su padre, y su padre la acababa de tirar a la basura.

—Perdí mi trabajo… me echaron de casa… y esa víbora sigue amenazándome… —susurró Rosa en la oscuridad de la calle, apretando los dientes—. Callarme no está protegiendo a nadie. Solo está protegiendo a los asesinos de Don Alejandro.

Se puso de pie, tambaleándose un poco pero con una determinación nueva brillando en sus ojos oscuros. Se limpió la cara con la manga húmeda de su suéter. No iba a ser la víctima de esta historia. Si iba a caer, arrastraría a Valeria y a Esteban con ella al infierno.

—Voy a contarle todo al señor. Le voy a mostrar los mensajes. Y si después de ver las pruebas no me cree y me echa a la calle otra vez… por lo menos no seguiré cargando esta culpa sola.

Recogió sus pesadas bolsas y caminó hacia la avenida principal para buscar un teléfono público o un taxi de sitio que le fiara el viaje de regreso a Las Lomas. Esta vez, no iba a rogar por su trabajo; iba a rogar por justicia.

Disclaimer: This story is fictional and created for entertainment purposes only. Any names, characters, places, or events are fictitious or used fictitiously. No real person or organization is intended to be portrayed.

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