Capítulo 3: El apartamento
Capítulo 3: El apartamento
—¿Paige? —dije, arrodillándome—. ¿Tu mamá te dijo eso?
—Sí —dijo.
—¿Y tú qué crees? —pregunté.
—No sé —dijo.
—Yo los quiero —dije—. Siempre. A ti y a Connor. ¿Vale?
—¿Entonces por qué…? —dijo.
—Porque tu mamá y yo tenemos cosas de adultos que resolver —dije—. No porque no los quiera.
—¿De verdad? —dijo.
—De verdad —dije.
Fui a ver a Natalie.
—¿Le dijiste a tu hija que los echo porque no los quiero? —pregunté.
—¿Y no es verdad? —dijo.
—No —dije—. Y lo sabes.
—¿Entonces por qué el domingo? —dijo.
—Porque el acuerdo eran doce días —dije—. Van cuarenta.
—¡No tengo adónde ir! —dijo.
—¿Y el apartamento? —pregunté—. ¿El de las “reparaciones urgentes”?
—¿Qué pasa con él? —dijo, rápida.
—¿Cuarenta días de fontanería, Natalie? —dije.
—¡Es complicado! —dijo.
—¿Complicado cómo? —insistí.
—¡No es asunto tuyo! —dijo.
—¿No? —dije—. Vives en mi casa. Comes mi comida. ¿Y no es asunto mío?
Daniel entró.
—¿Qué pasa? —dijo.
—Tu hermana no quiere decirme qué pasa con su apartamento —dije.
—¿Laura? —dijo—. ¿No podríamos…?
—¿No podríamos qué, Daniel? —dije.
—Nada —dijo—. Nada. Natalie, el domingo te vas. Como dijimos.
—¿Daniel? —dijo Natalie—. ¿Tú también?
—Sí —dijo—. Yo también.
—¿Me echan? —dijo—. ¿Los dos?
—No te echamos —dije—. Cumplimos lo acordado. Es distinto.
—¡No tengo adónde ir! —repitió.
—Entonces siéntate —dije—. Y cuéntame la verdad. Toda.
—¿Qué verdad? —dijo.
—La del apartamento —dije.
Silencio.
—Se cayó —admitió, al fin.
—¿Qué? —dijo Daniel.
—El apartamento —dijo—. El casero se lo dio a otro. Hace tres semanas.
—¿Tres semanas? —dije—. ¿Y no lo dijiste?
—No sabía cómo —dijo.
—¿Y ahora? —pregunté—. ¿Qué vas a hacer?
—No lo sé —dijo, llorando—. No lo sé.
—¿Laura? —dijo Daniel—. ¿Y si…?
—¿Si qué? —dije.
—¿Si le damos dos semanas más? —dijo—. Pero esta vez… contigo. Decidido por los dos.
—¿Y contribuye? —pregunté.
—¿Contribuir? —dijo Natalie.
—Dinero —dije—. Quehaceres. Como una adulta. No como una invitada eterna.
—No tengo mucho dinero —dijo.
—¿Cuánto tienes? —pregunté.
—No… —dudó.
Llamé al administrador. Yo misma. Con ella delante.
—¿La señorita Natalie? —dijo—. Ella se mudó hace un mes.
—¿Se mudó? —dije—. ¿Adónde?
—No lo sé —dijo—. Pero tiene un inquilino ahora. En su apartamento.
—¿Un inquilino? —dije, mirándola.
—Sí —dijo el administrador—. Él paga el alquiler.
Colgué.
—¿Natalie? —dije—. ¿Explícame eso.