CAPÍTULO 2 — El archivo
CAPÍTULO 2 — El archivo
No abrí el archivo inmediatamente.
Durante unos segundos, simplemente sostuve el teléfono entre mis manos mientras Claire permanecía frente a mí.
—Mark —dijo en voz baja—. Dame el teléfono.
—Primero dime qué es.
—No lo sé.
—Entonces, ¿por qué estás tan nerviosa?
Claire miró hacia la casa de Ryan.
Fue solo un segundo.
Pero lo vi.
Y esa mirada me confirmó que estaba ocultando algo.
Desbloqueé el teléfono.
El archivo era un vídeo.
Duraba apenas cuarenta y siete segundos.
Lo abrí.
La imagen estaba grabada desde el interior de un coche estacionado frente a un edificio.
Era de noche.
La cámara enfocaba la entrada trasera de una clínica médica.
Y entonces apareció Claire.
Llevaba el mismo abrigo que había usado aquella noche.
Miré la fecha.
Martes.
Dos semanas atrás.
La hora que aparecía en la esquina superior derecha era 22:17.
Sentí que algo se hundía dentro de mí.
Claire se quedó inmóvil.
—No es lo que parece.
—Todavía no he dicho qué parece.
—Mark…
En el vídeo, Claire miraba constantemente hacia ambos lados antes de entrar por una puerta lateral.
Después apareció Ryan.
Mi corazón empezó a latir más rápido.
Ryan no llevaba la ropa que tenía durante la barbacoa. Vestía una chaqueta oscura y llevaba una pequeña bolsa negra.
Entró detrás de ella.
El vídeo terminó.
Levanté lentamente la mirada.
—Me dijiste que estabas trabajando.
Claire tragó saliva.
—Lo estaba.
—¿Con Ryan?
—No.
—El vídeo dice otra cosa.
Ella extendió la mano.
—Déjame explicártelo.
No le entregué el teléfono.
—¿Qué estabas haciendo allí?
Claire permaneció en silencio.
—¿Claire?
—Ryan me llamó esa tarde.
—Dijiste que no habías hablado con él.
—Tenía miedo.
—¿De qué?
Ella miró alrededor.
La fiesta seguía desarrollándose a pocos metros de nosotros. Nadie parecía prestar atención.
—No podía contártelo delante de todos.
—Entonces cuéntamelo ahora.
Claire respiró profundamente.
—Ryan sabía algo sobre la clínica.
—¿Qué cosa?
—Algo que podía destruir mi trabajo.
La respuesta me desconcertó.
—¿Qué hiciste?
—Nada.
—Entonces, ¿por qué estabas allí?
Ella se llevó una mano a la frente.
—Porque alguien estaba utilizando mi identidad.
Me quedé callado.
—¿Qué significa eso?
—Hace tres meses empezaron a aparecer documentos con mi firma. Formularios que yo nunca había firmado. Recetas. Autorizaciones. Solicitudes de acceso a historiales médicos.
Sentí un escalofrío.
—¿Y nunca me lo dijiste?
—Pensé que podía solucionarlo.
—¿Y Ryan?
Claire bajó la voz.
—Él fue quien me dijo que alguien de la clínica estaba detrás de todo.
Miré nuevamente hacia la casa de Ryan.
Ahora todo parecía diferente.
—¿Por qué te amenazó entonces?
—Porque quería dinero.
—¿Cuánto?
Claire no respondió.
—¿Cuánto?
—Cincuenta mil dólares.
Me quedé mirándola.
—¿Ryan te estaba chantajeando?
Ella asintió.
—Me dijo que tenía pruebas de que yo había falsificado documentos.
—¿Y eran falsas?
—Sí.
—Entonces, ¿por qué no acudiste a la policía?
Claire cerró los ojos.
—Porque alguien ya había presentado una denuncia contra mí.
Aquello me dejó sin palabras.
—¿Qué?
—Hace dos semanas recibí una llamada de Recursos Humanos. Me dijeron que estaban investigando una serie de irregularidades relacionadas con mi nombre.
Entonces comprendí por qué había estado tan distante últimamente.
Por qué escondía el teléfono.
Por qué llegaba tarde.
Pero todavía había algo que no encajaba.
—¿Qué tiene que ver Ryan con todo esto?
Claire no respondió.
Miré hacia su casa.
El objeto que había visto sobre la encimera seguía allí.
Un pequeño llavero metálico.
Era mío.
Me lo había regalado mi padre antes de morir.
Había desaparecido de mi coche hacía casi dos semanas.
—Claire.
Ella siguió mi mirada.
Su rostro perdió el color.
—No…
—Ese llavero estaba en mi coche.
—Mark, escúchame.
—¿Por qué está en casa de Ryan?
Claire dio un paso hacia mí.
—Porque Ryan lo tomó.
—¿Cuándo?
—La noche que fui a verlo.
—Entonces estuviste allí.
Ella cerró los ojos.
—Sí.
—¿Y qué hiciste?
—Intenté recuperar algo.
—¿Qué?
Claire dudó.
Finalmente susurró:
—Un teléfono.
—¿De quién?
Ella me miró directamente.
—Del hombre que está utilizando mi identidad.
Mi teléfono volvió a vibrar.
Otro mensaje de Ryan.
Esta vez no había ningún archivo.
Solo unas palabras:
No confíes en Claire. Ella todavía no te ha contado quién estuvo con ella aquella noche.
Leí el mensaje dos veces.
Luego levanté la mirada hacia mi esposa.
—¿Quién estaba contigo?
Claire empezó a llorar.
—No puedo decírtelo aquí.
—Entonces vamos a algún sitio donde puedas.
Antes de que pudiéramos movernos, se escuchó un fuerte golpe procedente de la casa de Ryan.
Todos los invitados se volvieron.
Ryan apareció en la puerta de su casa.
Ya no parecía borracho.
Tenía el rostro serio.
Y sostenía algo en la mano.
Un teléfono móvil.
Me miró directamente.
Luego miró a Claire.
Y gritó desde el otro lado de la calle:
—¡Mark! ¡Si quieres saber la verdad, pregúntale a tu esposa por qué ese teléfono tiene fotos de tu propia casa tomadas desde dentro!
Claire se quedó completamente inmóvil.
Y entonces comprendí que el secreto no estaba solamente en lo que ella había hecho aquella noche.
Alguien llevaba tiempo observándonos.
Y quizá, durante todo ese tiempo, había estado mucho más cerca de nosotros de lo que jamás imaginé.