CAPÍTULO 2 — Lo que Daniel había estado ocultando
CAPÍTULO 2 — Lo que Daniel había estado ocultando
Era una pequeña memoria USB negra.
Nada más.
Pero Linda la miraba como si acabara de ver una sentencia.
Daniel la dejó sobre la mesa y sacó su teléfono.
—Aquí están todas las pruebas.
Su padre palideció.
—Daniel, espera.
—No, papá. He esperado demasiado.
Yo seguía sentada en el sofá, con una mano sobre mi vientre y la otra aferrada al cojín. El dolor había disminuido un poco, pero todavía sentía una presión incómoda en el abdomen.
Mi cuñada se acercó.
—¿Qué hay en esa memoria?
Daniel la miró.
—Grabaciones.
Linda soltó una carcajada nerviosa.
—¿Me estás grabando a escondidas?
—A ti y a otras personas.
—Eso es ilegal.
Daniel negó lentamente con la cabeza.
—No son conversaciones privadas que haya obtenido entrando en tus dispositivos. Son grabaciones de situaciones en las que yo estaba presente. Y algunas fueron entregadas por otras personas.
Linda se levantó.
—No voy a participar en esta locura.
Daniel señaló la silla.
—Siéntate.
Ella lo miró con incredulidad.
—¿Me estás dando órdenes en mi propia casa?
—Te estoy diciendo que, por primera vez, vas a escuchar las consecuencias de tus propias decisiones.
Linda volvió a sentarse.
Daniel conectó la memoria al portátil que había sobre la mesa.
Abrió una carpeta.
Había fechas.
Nombres.
Fotografías.
Mensajes.
Grabaciones de audio.
Sentí un escalofrío.
—¿Desde cuándo tienes todo esto?
Daniel respiró profundamente.
—Desde hace cuatro meses.
Lo miré.
—¿Cuatro meses?
Asintió.
—La primera grabación fue el día que Linda te llamó irresponsable por querer trabajar hasta el final del embarazo.
Recordé aquel día.
Yo había llegado a casa llorando.
Daniel me había abrazado y me había dicho que no permitiera que sus palabras me afectaran.
Ahora entendía que aquello no había sido simplemente consuelo.
Había estado investigando.
—¿Por qué no me lo dijiste?
Daniel se sentó frente a mí.
—Porque necesitaba estar seguro.
Linda intervino.
—¿Seguro de qué?
Daniel abrió el primer archivo.
Se escuchó la voz de Linda.
«Si ella pierde al bebé, quizá Daniel finalmente entienda que se equivocó al casarse con ella».
Mi respiración se detuvo.
Miré a Daniel.
Él no apartó la mirada.
La grabación continuó.
La voz de su madre decía que yo estaba «destruyendo» a la familia y que algún día él se arrepentiría de haberme elegido.
Mi cuñada se llevó una mano a la boca.
—Mamá…
Linda se puso de pie.
—¡Eso está manipulado!
Daniel abrió otro archivo.
Esta vez era una conversación entre Linda y su marido.
—No quiero que ella se quede con la casa —decía Linda—. Si el bebé nace, todo cambiará.
Su padre respondió:
—Daniel es nuestro hijo. La casa seguirá siendo de la familia.
Daniel detuvo la grabación.
—Ahí está.
Yo fruncí el ceño.
—¿Qué casa?
Daniel me miró.
—La casa en la que vivimos.
Sentí que el estómago se me encogía.
—¿Qué pasa con nuestra casa?
—Mi padre ha estado intentando convencerme de transferirla a un fideicomiso familiar.
Linda interrumpió rápidamente.
—Porque es lo más seguro para todos.
Daniel soltó una risa amarga.
—No. Es lo más seguro para ti.
Entonces abrió un documento.
Descubrí que, antes de nuestra boda, sus padres habían puesto una cantidad importante de dinero para ayudarnos con la compra.
Pero había una condición que yo desconocía.
Si Daniel y yo nos divorciábamos antes de cinco años, ellos podían reclamar parte de la propiedad.
Y ahora faltaban apenas tres meses para cumplir ese plazo.
Mi suegra había estado intentando crear conflictos entre nosotros durante meses.
Quería que nuestra relación se rompiera antes de esa fecha.
—Por eso has estado provocándome —susurré.
Linda no respondió.
Daniel asintió.
—Y por eso te dije que si volvías a tocarla, habría consecuencias.
Linda miró la memoria USB.
—¿Qué piensas hacer con todo esto?
Daniel respondió con calma:
—Proteger a mi esposa y a mi hijo.
Su padre bajó la cabeza.
—Daniel…
—Ya no voy a negociar.
Se levantó, tomó la memoria y guardó el portátil.
Luego vino hacia mí.
—Nos vamos.
Cuando intenté levantarme, una nueva punzada atravesó mi abdomen.
Daniel se quedó pálido.
—¿Qué pasa?
—No lo sé.
Mi cuñada llamó inmediatamente a emergencias.
Mientras esperábamos, Daniel sostuvo mi mano.
Linda permanecía inmóvil al otro lado de la habitación.
Pero entonces mi suegro se acercó lentamente y dijo algo que ninguno de nosotros esperaba.
—Daniel… hay algo más que nunca te conté.
Daniel levantó la mirada.
Su padre tragó saliva.
—Tu madre no fue quien empezó todo esto.
Hizo una pausa.
—Fui yo.
Y entonces reveló un secreto que podía cambiar por completo lo que creíamos saber sobre nuestra familia.