CAPÍTULO 3 — El secreto de su padre
CAPÍTULO 3 — El secreto de su padre
Las palabras de mi suegro dejaron la habitación en silencio.
Daniel lo miró fijamente.
—¿Qué significa que fuiste tú?
Su padre se sentó lentamente.
—El dinero para vuestra casa no fue un regalo.
Daniel frunció el ceño.
—Eso ya lo sé. Pensé que era un préstamo familiar.
—No exactamente.
Su padre respiró profundamente.
—Tu madre y yo teníamos problemas económicos. La empresa estaba atravesando una mala época y necesitábamos proteger nuestros bienes. Cuando comprasteis la casa, puse parte del dinero a través de una sociedad familiar.
Daniel negó con la cabeza.
—¿Y qué tiene que ver ella?
Su padre me miró.
—Tu madre quería que tú y ella terminarais juntos antes de que naciera el bebé. Si eso ocurría, pensaba que podríamos recuperar nuestra inversión mediante el acuerdo que firmaste.
Sentí un escalofrío.
—¿Entonces todo esto era por dinero?
—Al principio, sí.
Linda intervino con voz temblorosa.
—No era así.
Su marido la miró.
—Sabes que sí.
Daniel se quedó inmóvil.
—¿Cuándo pensabas contarme esto?
—Cuando fuera demasiado tarde para cambiarlo.
La expresión de Daniel se endureció.
—¿Y tú sabías que mamá estaba acosando a mi esposa?
Su padre bajó la mirada.
—Sí.
—¿Sabías que la insultaba?
—Sí.
—¿Sabías que hoy la empujó?
No respondió.
Daniel apretó los puños.
—Entonces también eres responsable.
En ese momento llegó la ambulancia.
Los paramédicos me examinaron rápidamente y decidieron llevarme al hospital para comprobar que el bebé estuviera bien.
Daniel subió conmigo.
Durante el trayecto, no soltó mi mano.
Horas después, el médico salió de la habitación.
—El bebé está bien. Pero has tenido una contracción fuerte. Necesitas descansar y evitar cualquier situación de estrés.
Cerré los ojos con alivio.
Daniel apoyó la frente contra mi mano.
—Gracias a Dios.
Cuando regresamos a casa, encontramos a mi suegro esperando en la entrada.
No llevaba su habitual expresión de autoridad.
Parecía un hombre derrotado.
—Daniel, necesito hablar contigo.
—Habla.
Su padre le entregó una carpeta.
—Aquí está el acuerdo original.
Daniel la abrió.
Leyó cada página.
Entonces me la entregó.
Había una cláusula que nunca habíamos visto.
Si Daniel y yo seguíamos casados durante cinco años y teníamos un hijo, la deuda quedaba completamente cancelada.
Pero si nos divorciábamos antes de ese plazo, la familia podía reclamar una parte de la propiedad.
Daniel levantó la mirada.
—¿Cuánto falta?
Su padre respondió:
—Dos meses y diecisiete días.
De repente entendí todo.
La presión.
Los insultos.
Las discusiones provocadas.
La insistencia de Linda en que yo «no era adecuada» para su hijo.
No querían proteger a Daniel.
Querían obligarlo a tomar una decisión antes de que expirara aquella cláusula.
Daniel cerró la carpeta.
—Entonces solo tenían que esperar.
Su padre asintió.
—Sí.
—Pero no lo hicieron.
—No.
Daniel miró a su madre.
—Y ahora has puesto en peligro a mi esposa y a mi hijo.
Linda comenzó a llorar.
—Yo solo quería recuperar lo que era nuestro.
Daniel negó lentamente.
—Lo que era vuestro era una inversión. Mi familia no es una inversión.
Nadie respondió.
Entonces Daniel hizo algo inesperado.
Sacó su teléfono y llamó a su abogado.
—Quiero revisar inmediatamente todos los documentos relacionados con la casa, la sociedad familiar y cualquier acuerdo firmado antes de mi matrimonio.
Hizo una pausa.
—Y quiero una orden formal para que mis padres no puedan acceder a nuestra propiedad.
Linda abrió los ojos.
—¿Vas a echarnos de tu vida?
Daniel la miró.
—No. Vosotros habéis elegido salir de ella cada vez que decidisteis hacer daño a mi esposa.
Mi suegro bajó la cabeza.
Yo no sentí triunfo.
Solo alivio.
Durante meses había pensado que tenía que ganarme el respeto de aquella familia.
Finalmente comprendí que no tenía que ganarme nada.
Mi marido ya había elegido.
Esa noche, mientras Daniel preparaba la habitación para que pudiera descansar, recibí un mensaje de mi cuñada.
«Hay algo que mamá todavía no te ha contado.»
Luego llegó una fotografía.
Era una copia de un antiguo documento familiar.
En la parte inferior aparecía la firma de Linda.
Pero la fecha era de seis meses antes de que Daniel y yo nos conociéramos.
Y junto a su firma había una frase escrita a mano:
«Si alguna vez tiene un hijo, el plan debe cambiar.»
Miré a Daniel.
—Creo que esto no ha terminado.
Él tomó el documento.
Lo leyó.
Y su expresión cambió por completo.
—No —dijo—. Ahora entiendo por qué mi madre tenía tanto miedo de que naciera nuestro bebé.