capítulo 3 — el recuerdo de austin
capítulo 3 — el recuerdo de austin
Esperé hasta que terminó el partido.
Kelly seguía abrazada al balón como si fuera un tesoro.
El chico que había estado sentado junto a ella se había despedido antes de marcharse con su madre. Esta vez, la mujer no dijo nada.
Solo caminó hacia la salida con la cabeza baja.
Un miembro del personal se acercó a nosotros.
—El jugador está listo para recibirlas.
Kelly abrió mucho los ojos.
—¿De verdad?
—De verdad.
Nos condujeron por un pasillo hasta una pequeña sala detrás del campo.
Cuando entramos, el jugador estaba allí.
Sin casco.
Sin uniforme completo.
Solo con una camiseta del equipo y una botella de agua en la mano.
Al ver a Kelly, sonrió.
—Hola, campeona.
Kelly se quedó paralizada.
—Hola.
Él señaló el balón.
—¿Lo tienes?
Kelly lo levantó orgullosamente.
—Sí.
—Bien. Porque ese balón tiene una historia.
Me miró.
—Y creo que usted debería conocerla.
Nos sentamos.
El jugador tomó aire.
—Me llamo Marcus.
Asentí.
—Sé quién eres. Austin hablaba mucho de ti.
Marcus sonrió.
—¿Austin era su marido?
—Sí.
Su sonrisa desapareció lentamente.
—Entonces era él.
—¿Lo conocías?
Marcus miró a Kelly.
—Lo conocí hace unos años.
Yo esperaba una respuesta sencilla.
No la fue.
—Su marido me ayudó cuando yo estaba empezando.
Fruncí el ceño.
—¿Cómo?
—Yo jugaba en un equipo universitario. Estaba pasando por una etapa difícil y pensé seriamente en abandonar.
Kelly escuchaba atentamente.
Marcus continuó:
—Una tarde, después de un entrenamiento, Austin se acercó a mí. No me conocía personalmente, pero había visto uno de mis partidos.
—¿Qué te dijo? —pregunté.
Marcus sonrió.
—Me dijo: “Si realmente amas este juego, no dejes que un mal momento decida tu futuro.”
Sentí un nudo en la garganta.
Era exactamente el tipo de cosa que Austin habría dicho.
Marcus metió la mano en una bolsa que estaba sobre la mesa.
Sacó una fotografía.
En ella aparecía Austin junto a Marcus, varios años más joven.
Kelly tomó la fotografía.
—¡Es papá!
Marcus asintió.
—Tu padre vino a verme jugar varias veces.
—¿Era tu amigo?
Marcus pensó un momento.
—No exactamente.
—¿Entonces qué era?
Marcus sonrió.
—Era una de esas personas que aparecen en tu vida durante un momento difícil y te dejan algo que nunca olvidas.
Kelly abrazó la fotografía contra su pecho.
Yo intenté contener las lágrimas.
—¿Por qué nunca me habló de ti?
Marcus bajó la mirada.
—Porque Austin nunca buscaba reconocimiento.
Luego hizo una pausa.
—Pero hay otra razón por la que quería hablar con usted.
Sentí tensión en el pecho.
—¿Cuál?
Marcus sacó su teléfono.
—Después de la muerte de Austin, recibí un mensaje.
Me mostró la pantalla.
El mensaje había sido enviado pocos días después del accidente.
Decía:
“Si algún día ves a mi hija en un partido, hazle saber que su padre estaría orgulloso de ella.”
Miré a Kelly.
—¿Quién te lo envió?
Marcus negó con la cabeza.
—No lo sé. Era una cuenta que ya no existe.
Sentí un escalofrío.
—¿Y por qué pensaste que era Austin?
—Porque el mensaje incluía una frase que él me había dicho años atrás.
Marcus escribió algo en una hoja.
“La próxima generación debe sentirse bienvenida.”
Miré la frase.
Austin solía decir algo parecido cuando hablaba con Kelly sobre fútbol.
Entonces Marcus hizo algo inesperado.
Se levantó y abrió una pequeña caja.
Dentro había una camiseta infantil.
—Austin me pidió que guardara esto.
Me quedé completamente quieta.
—¿Cuándo?
—Unas semanas antes del accidente.
Sentí que el corazón me daba un vuelco.
—¿Qué?
Marcus me entregó la camiseta.
En la parte posterior había un número.
8.
El número de Kelly.
—¿Por qué tenía esto?
Marcus negó con la cabeza.
—No lo sé.
—¿Estás seguro de que fue Austin quien te la dio?
—Sí.
—¿Y nunca me lo dijiste?
—Pensé que quizá quería sorprenderlas.
Las lágrimas comenzaron a caer por mi rostro.
Kelly tocó la camiseta.
—Mamá…
—¿Sí?
—Papá sabía que iba a venir al estadio algún día.
No pude responder.
Marcus se agachó frente a ella.
—Creo que tu papá quería que siguieras viendo partidos.
Kelly sonrió.
—Entonces voy a hacerlo.
Marcus se puso de pie.
—Y quiero hacerte una promesa.
—¿Cuál?
—Cada temporada, si vienes a un partido, puedes escribirme una carta contándome cómo va tu vida.
Kelly sonrió de oreja a oreja.
—¿Aunque sea una carta muy larga?
Marcus se rio.
—Especialmente si es muy larga.
Nos despedimos poco después.
Mientras caminábamos hacia la salida, Kelly llevaba el balón bajo un brazo y la camiseta bajo el otro.
Yo pensé que aquella noche había terminado.
Pero al llegar al coche, encontré un sobre debajo del limpiaparabrisas.
Mi nombre estaba escrito a mano.
Lo abrí.
Dentro había una fotografía de Austin.
Pero no era la fotografía que Marcus nos había mostrado.
Era reciente.
Mi marido aparecía sentado en las gradas del mismo estadio.
Y detrás de él había alguien que reconocí inmediatamente.
La mujer que le había quitado el balón a Kelly.
Mi corazón comenzó a latir con fuerza.
En la parte posterior de la fotografía había una sola frase:
“Ella sabía quién era Kelly antes de que Kelly llegara al estadio.”
Miré hacia la entrada.
La mujer ya no estaba allí.
Y por primera vez aquella noche, sentí que el balón no había llegado a las manos de Kelly por casualidad.