Capítulo 4 — El médico que fingía salvarnos – News

Capítulo 4 — El médico que fingía salvarnos

Capítulo 4 — El médico que fingía salvarnos

Capítulo 4 — El médico que fingía salvarnos

El detective no apartaba los ojos de la fotografía.

Yo tampoco.

El hombre que aparecía detrás de mi marido era el mismo que, apenas unas horas antes, había escuchado los latidos de mi bebé.

El mismo que había revisado mis heridas.

El mismo que había dicho que debíamos vigilar el embarazo de cerca.

El médico.

—¿Está seguro de que es él? —pregunté.

El detective amplió la fotografía.

—Sí.

Mi madre comenzó a llorar.

—Dios mío…

En ese momento, la puerta de la habitación se abrió.

El médico apareció en el umbral.

—¿Ocurre algo?

El detective se levantó inmediatamente.

—Doctor, necesito que se quede donde está.

El hombre miró a los agentes.

Por un instante pareció confundido.

Después sonrió.

—Por supuesto.

Pero sus ojos ya no tenían la misma expresión amable.

Miró hacia mi vientre.

Y comprendí algo.

No estaba mirando a una paciente.

Estaba mirando aquello que llevaba dentro.

—¿Qué quiere? —pregunté.

El médico cerró lentamente la puerta.

—Quiero evitar que cometas un error.

—¿Qué error?

—Creer que las personas que te rodean están intentando ayudarte.

El detective llevó la mano hacia su arma.

—Aléjese de la paciente.

El médico soltó una pequeña risa.

—Ya es demasiado tarde.

De repente, dos enfermeros entraron por la puerta.

Uno cerró las persianas.

El otro desconectó uno de los monitores.

—¡Seguridad! —gritó el detective.

El médico retrocedió.

—No quiero hacerte daño.

Lo miré fijamente.

—Entonces dime la verdad.

Durante unos segundos nadie habló.

Finalmente, el médico suspiró.

—Tu hija no es valiosa por lo que ellos creen.

—¿Entonces por qué la quieren?

—Porque alguien descubrió algo en su ADN.

El detective dio un paso adelante.

—¿Qué?

El médico lo ignoró.

—Hace años, una investigación privada descubrió una mutación extremadamente rara. Una característica que podía ayudar a desarrollar un tratamiento para una enfermedad genética.

Miré mi vientre.

—¿Y mi bebé tiene esa mutación?

El médico asintió.

—Sí.

—¿Cómo lo sabe?

—Porque yo analicé la muestra.

Sentí que el estómago se me revolvía.

—¿La muestra que enviaron sin mi permiso?

—Sí.

El detective lo miró con furia.

—Eso constituye una violación gravísima.

El médico respondió con calma:

—Probablemente.

Entonces comprendí.

—¿Y por eso mi marido aceptó quinientos mil dólares?

—Tu marido no fue el único.

El médico miró a mi madre.

Ella bajó la cabeza.

—Todos recibieron dinero —dijo.

Mi madre empezó a llorar.

—Yo no sabía que querían llevarse a la niña.

—Pero aceptaste el dinero.

—Sí.

—Y callaste.

Mi madre no respondió.

El detective recibió un mensaje en su teléfono.

Lo leyó.

—Tenemos una orden para registrar el laboratorio de Valera.

El médico sonrió.

—No encontrarán nada.

—¿Por qué?

—Porque todo fue trasladado esta mañana.

—¿A dónde?

El médico no respondió.

Entonces se escuchó un ruido en el pasillo.

Un agente entró corriendo.

—¡Detective!

—¿Qué ocurre?

—El marido de la paciente desapareció.

Sentí un vacío en el pecho.

—¿Qué?

El agente continuó:

—Dos personas se hicieron pasar por funcionarios de traslado. Se lo llevaron hace veinte minutos.

El detective comprendió inmediatamente.

—Quieren utilizarlo para llegar hasta la paciente.

El médico sonrió.

Y esa sonrisa confirmó mis peores sospechas.


Una hora después, el hospital quedó rodeado por agentes.

Mi habitación fue trasladada a una zona segura.

El detective recibió una llamada.

La puso en altavoz.

La voz de mi marido llenó la habitación.

—Escúchame.

Sentí un escalofrío.

—¿Dónde estás?

—No puedo decirlo.

Su respiración era agitada.

—Me dijeron que si no cooperaba, te matarían.

Cerré los ojos.

—¿Quién?

Hubo silencio.

—Mi madre.

Mi corazón se detuvo.

Miré a mi madre.

Ella se quedó completamente pálida.

—No —susurró.

Mi marido continuó:

—Ella sabía todo desde el principio.

Mi madre comenzó a negar con la cabeza.

—No, no…

—Ella fue quien contactó a Valera.

El detective miró a mi madre.

—¿Es cierto?

Mi madre comenzó a llorar.

—Yo solo quería salvarla.

—¿Salvarme de qué?

—De ellos.

—¿Y por eso vendiste información sobre mi hija?

Mi madre se cubrió el rostro.

—Pensé que podía controlarlo.

—Nadie controla a personas así.

Entonces mi marido dijo algo que nos dejó a todos en silencio.

—Hay algo que nunca te conté.

—¿Qué?

—La niña…

Su voz se quebró.

—La niña no es hija biológica de Valera.

Fruncí el ceño.

—¿Qué estás diciendo?

—Valera no la quiere para experimentar con ella.

El detective se acercó al teléfono.

—Entonces ¿para qué?

Mi marido tardó unos segundos.

—Porque alguien quiere utilizarla para identificar a otra persona.

El silencio fue absoluto.

—¿A quién? —pregunté.

—A su padre biológico.

Sentí que el corazón me golpeaba el pecho.

—Mi marido es su padre.

—No.

La voz de mi marido se quebró.

—Eso es lo que todos te hicieron creer.

Miré a mi madre.

Ella ya no podía sostener mi mirada.

El detective comprendió antes que yo.

—Señora…

—No —dijo mi madre entre lágrimas.

—¿Quién es el padre?

Mi madre cerró los ojos.

Y finalmente dijo:

—Tu marido no es el padre biológico.

Sentí que todo se volvía borroso.

Durante ocho meses había llevado a mi hija dentro de mí creyendo que conocía toda la verdad sobre mi propia familia.

Ahora descubríamos que incluso aquello había sido una mentira.

—¿Quién es entonces?

Mi madre levantó lentamente la mirada.

—Tu primer esposo.

Me quedé inmóvil.

Mi primer esposo llevaba cinco años muerto.

O eso me habían dicho.

El detective recibió otro mensaje.

Lo leyó.

Su expresión cambió.

—Tenemos un problema.

—¿Qué?

Me mostró la pantalla.

Habían encontrado registros de una identidad utilizada por un hombre que llevaba años escondido.

El nombre coincidía con el de mi primer esposo.

Pero había algo todavía más inquietante.

La última ubicación registrada estaba a pocos kilómetros del hospital.

El detective levantó la mirada.

—Alguien que creíamos muerto acaba de intentar entrar al hospital.

Mi respiración se detuvo.

En ese mismo instante, sentí un dolor intenso en el abdomen.

Me llevé ambas manos al vientre.

—¡Doctor!

El médico dio un paso hacia mí.

Pero el detective lo apartó inmediatamente.

—¡Usted no se acerca!

El dolor aumentó.

Las enfermeras comenzaron a moverse.

—El bebé está llegando —dijo una de ellas.

Mi madre comenzó a llorar.

Yo apreté los dientes mientras el equipo médico preparaba la habitación.

Afuera, las sirenas seguían sonando.

Y mientras me llevaban a la sala de parto, escuché al detective decir:

—Cierren todas las entradas.

Después alguien gritó desde el pasillo:

—¡Tenemos a un hombre intentando entrar!

La puerta se cerró.

Yo respiré profundamente.

Mi hija estaba a punto de nacer.

Y por primera vez entendí que aquella noche no solo iba a decidir quién viviría o moriría.

Iba a revelar finalmente quién había sido el verdadero padre de mi hija y por qué tantas personas estaban dispuestas a destruir una familia para encontrarlo.

Disclaimer: This story is fictional and created for entertainment purposes only. Any names, characters, places, or events are fictitious or used fictitiously. No real person or organization is intended to be portrayed.

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