Capítulo 2: El sobre que podía destruir nueve años de matrimonio
Capítulo 2: El sobre que podía destruir nueve años de matrimonio
Daniel permaneció de pie frente al sofá, esperando que Claire comenzara a gritar.
Pero ella simplemente dejó el libro sobre la mesita y lo miró.
—¿Sabes qué es lo más triste, Daniel? —preguntó tranquilamente—. Que esta noche no me sorprendió verte con otra mujer.
Él frunció el ceño.
—¿Qué quieres decir?
Claire soltó una pequeña risa sin alegría.
—Que llevaba meses esperando que encontraras el valor de decirme la verdad. Pero cada vez que te preguntaba dónde estabas, inventabas una excusa diferente. Reuniones, viajes, clientes… Siempre había algo más importante que tu esposa.
—Claire, puedo explicarlo.
—No necesito explicaciones. Ya las he escuchado todas, incluso las que todavía no has inventado.
Daniel se pasó una mano por el cabello.
—Fue un error. Sabrina no significa nada para mí.
Por primera vez, Claire sonrió. Pero aquella sonrisa le produjo más miedo que cualquier grito.
—Entonces no tendrás problemas para dejarla atrás.
—Por supuesto que puedo hacerlo.
—Perfecto.
Claire se levantó, recogió su libro y se dirigió hacia las escaleras.
—Mañana hablaremos.
—¿Eso es todo? ¿Después de nueve años juntos?
Ella se detuvo en el último escalón.
—No, Daniel. Después de nueve años juntos, esto es precisamente lo que queda.
Subió sin mirar atrás.
Daniel se quedó solo en la sala, convencido de que aquella conversación todavía podía arreglarse.
No sabía que Claire llevaba tres semanas preparando su salida.
A las siete de la mañana, Daniel despertó y encontró la cocina vacía.
No había café preparado. No había desayuno. Tampoco una nota recordándole que tenía una reunión importante, como Claire hacía desde hacía años.
Subió al dormitorio.
La puerta estaba entreabierta.
Entonces vio la maleta junto al armario.
Era una maleta grande, completamente cerrada, con una etiqueta de equipaje que llevaba el nombre de Claire.
Daniel sintió un escalofrío.
Abrió el armario y descubrió que la mitad de la ropa de su esposa había desaparecido.
—¿Claire?
Ella apareció desde el baño, con el cabello recogido y una taza de café en la mano.
—Buenos días.
Daniel señaló la maleta.
—¿Qué significa esto?
—Lo que parece.
—¿Te vas?
—Sí.
—¡No puedes tomar una decisión así por una sola noche!
Claire lo miró durante varios segundos.
—¿Una sola noche? Daniel, llevas tres años abandonando este matrimonio. Solo que hasta ayer yo todavía estaba esperando que regresaras.
Él intentó acercarse.
—Podemos ir a terapia. Puedo cambiar. Te lo prometo.
—¿Por qué no lo hiciste cuando todavía te lo pedía?
Daniel no respondió.
Claire bajó las escaleras y tomó un sobre blanco que había dejado sobre la consola de la entrada.
Lo colocó frente a él.
—Hay algo que debes leer.
Daniel reconoció inmediatamente su propia dirección escrita en el sobre.
—¿Qué es esto?
—La respuesta a una pregunta que llevas mucho tiempo evitando.
Él abrió el sobre.
Dentro encontró copias de transferencias bancarias, extractos de una cuenta conjunta y varios documentos relacionados con su empresa.
Su rostro perdió el color.
—¿De dónde has sacado esto?
—De nuestros propios registros financieros.
Daniel pasó las páginas rápidamente.
Durante los últimos dieciocho meses, varias cantidades importantes habían salido de la cuenta que ambos utilizaban para sus ahorros.
Al principio eran transferencias pequeñas. Después, los importes habían aumentado.
—Esto no es lo que parece —murmuró.
—Entonces explícame por qué utilizaste nuestros ahorros para pagar las habitaciones del Halston, los viajes a Lake Geneva y las compras de Sabrina.
Daniel levantó la cabeza.
—¿Me has estado investigando?
—No. He estado prestando atención.
Claire sacó otra hoja del sobre.
Era una copia de un correo electrónico enviado desde la cuenta de Daniel a su asesor financiero.
En él aparecía una transferencia de 85.000 dólares.
Daniel se quedó helado.
—Claire, escucha…
—Ese dinero no era solamente tuyo.
—Lo iba a devolver.
—¿Cuándo? ¿Después de comprarle otra joya a Sabrina?
Él guardó silencio.
Claire respiró profundamente.
—Durante nueve años te apoyé. Cuando tu empresa no podía pagar las facturas, utilicé mis ahorros. Cuando los clientes cancelaban contratos, fui yo quien te ayudó a mantenerte a flote. Incluso renuncié a una oportunidad profesional porque tú necesitabas que alguien se ocupara de nuestra casa.
Sus ojos comenzaron a humedecerse, pero su voz permaneció firme.
—Y mientras yo protegía nuestro futuro, tú estabas utilizando ese futuro para financiar otra relación.
Daniel dejó los documentos sobre la mesa.
—No quería hacerte daño.
—Pero tampoco te importó hacerlo.
A las nueve y cuarto, sonó el teléfono de Daniel.
Era Sabrina.
Él rechazó la llamada.
Volvió a sonar.
Claire observó la pantalla iluminada.
—Deberías contestar. Quizá ella también tenga preguntas.
—No voy a hablar con ella.
—Qué curioso. Anoche no parecías tener ningún problema en hacerlo.
Daniel apagó el teléfono.
—Claire, por favor. No quiero perderte.
Ella tomó su bolso y se colocó el abrigo.
—Hay una última cosa que necesitas saber.
Daniel levantó la mirada.
—¿Qué más?
Claire sacó una carpeta azul de su bolso y la dejó junto al sobre.
—Ayer por la tarde hablé con un abogado. Y esta mañana recibirá una copia de todos estos documentos.
Daniel abrió la carpeta.
En la primera página aparecía una solicitud de separación, acompañada de una relación detallada de los bienes y movimientos financieros que debían revisarse.
Pero lo que realmente lo dejó sin palabras fue el último documento.
Era una copia del acuerdo de financiación que había permitido a su consultora sobrevivir durante sus primeros años.
En la parte inferior aparecía la firma de Claire.
Daniel la miró, desconcertado.
—¿Qué tiene que ver esto con nuestra empresa?
Claire lo observó desde la puerta.
—Mucho más de lo que imaginas. Porque hay algo que nunca te conté sobre el dinero con el que comenzaste tu negocio.
Daniel volvió a mirar el documento.
Entonces vio el nombre de la sociedad que había financiado la operación.
No era un banco.
Y tampoco era un inversor externo.
Era una empresa vinculada directamente a la familia de Claire.
—¿Qué significa esto? —preguntó con la voz quebrada.
Claire abrió la puerta.
—Significa que antes de decidir qué vas a perder, deberías averiguar quién te ayudó realmente a construir todo lo que tienes.
Y se marchó.
Daniel permaneció inmóvil, sosteniendo aquella carpeta.
Por primera vez en nueve años, comprendió que quizá no conocía a la mujer con la que se había casado.
Pero todavía no sabía que, esa misma tarde, recibiría una llamada de su socio principal con una noticia que cambiaría por completo el futuro de su empresa.