Capítulo 3: La habitación que nadie debía encontrar
Capítulo 3: La habitación que nadie debía encontrar
Rachel no apartó los ojos del hombre que estaba al otro lado del cristal.
El abrigo negro le llegaba casi hasta las rodillas. Tenía el cabello empapado por la lluvia y las manos metidas en los bolsillos.
Pero lo más inquietante no era su ropa.
Era la tranquilidad con la que observaba el interior del hospital.
Como si supiera exactamente dónde estaban.
Como si hubiera estado esperando ese momento.
Rachel se colocó inmediatamente delante de Lily.
—Quédate detrás de mí.
Lily obedeció sin preguntar.
Rachel tomó el teléfono viejo y lo guardó en el bolsillo de su chaqueta.
—No mires hacia la puerta.
—¿Es él? —susurró Lily.
—No lo sé todavía.
—Sí es él.
La voz de Lily tembló.
Rachel llamó por radio.
—Necesito dos agentes en urgencias pediátricas. Posible amenaza relacionada con una menor. Mantengan al individuo del exterior bajo observación.
El hombre levantó una mano.
Saludó.
Lily se estremeció.
Rachel sintió que se le erizaba la piel.
—¿Lo conoces personalmente? —preguntó.
Lily negó con la cabeza.
—Mamá decía que no.
—¿Pero él te conoce?
La niña asintió.
—Sabe mi nombre.
Rachel miró hacia el cristal otra vez.
El hombre seguía allí.
Entonces llegó otro mensaje al teléfono.
Rachel sacó el aparato.
Esta vez solo decía:
“Pregúntele a Lily dónde está la llave.”
Rachel sintió que el corazón le daba un vuelco.
Miró a la niña.
—¿Qué llave?
Lily palideció.
—La del cuarto.
—¿Qué cuarto?
La niña apretó los labios.
—El que mamá me dijo que nunca abriera.
Antes de que Rachel pudiera continuar, las puertas automáticas del hospital se abrieron.
Dos agentes entraron rápidamente.
Pero el hombre del abrigo negro ya no estaba.
Uno de ellos salió al exterior.
—No está aquí.
Rachel miró hacia la calle.
La lluvia caía con fuerza.
Había coches pasando, personas corriendo bajo paraguas y una ambulancia estacionada junto a la entrada.
Nada más.
—¿Desapareció? —preguntó Rachel.
—No sabemos cómo salió del perímetro.
Rachel miró a Lily.
—Tenemos que regresar al apartamento.
Lily negó violentamente con la cabeza.
—No.
—No voy a dejarte sola.
—No quiero volver allí.
Rachel se agachó.
—No tienes que entrar. Pero quizá haya algo que pueda ayudarnos a encontrar a tu madre.
Lily empezó a llorar.
—Mamá escondió cosas porque tenía miedo.
—¿Qué cosas?
—Papeles.
—¿Dónde?
La niña señaló su mochila.
—Debajo de mi dibujo.
Rachel abrió lentamente la mochila.
Dentro había lápices, un cuaderno escolar, una muñeca pequeña y varios dibujos.
Debajo del último dibujo había un sobre marrón.
Rachel lo sacó.
No tenía nombre.
Solo una fecha escrita a mano.
La fecha era de seis meses atrás.
Uno de los agentes se acercó.
—¿Quiere que lo abramos aquí?
Rachel negó con la cabeza.
—Primero quiero asegurarme de que Lily está protegida.
En ese momento, un médico salió de la sala donde atendían a Leo.
—El niño está estable por ahora. La fiebre está bajando.
Rachel cerró los ojos brevemente.
—Gracias.
El médico miró a Lily.
—Su hermano va a necesitar observación durante unas horas.
Lily asintió.
Por primera vez desde que había llegado al hospital, pareció respirar con un poco menos de miedo.
Pero entonces su expresión cambió.
Miró hacia el sobre.
—Mamá dijo que solo debía abrirlo si ella no regresaba.
Rachel se quedó inmóvil.
—¿Y ella no ha regresado?
Lily negó con la cabeza.
Rachel miró al agente.
—Necesitamos abrirlo.
Dentro había tres fotografías.
La primera mostraba a Sarah junto a Lily y Leo frente al edificio.
La segunda mostraba a Sarah hablando con un hombre.
El rostro del hombre estaba parcialmente oculto.
Pero llevaba el mismo abrigo negro.
Rachel sintió un escalofrío.
La tercera fotografía era diferente.
Mostraba una puerta metálica.
En la parte superior había un número:
4B.
Rachel volvió a mirar a Lily.
—¿Esta puerta está en tu apartamento?
Lily negó con la cabeza.
—Está detrás del armario.
Rachel frunció el ceño.
—¿Qué?
—Mamá me dijo que nunca moviera el armario.
Uno de los agentes intercambió una mirada con ella.
Rachel volvió a observar la fotografía.
Había algo escrito en la parte posterior.
Sacó la imagen del sobre.
Tres palabras.
“Él sabe dónde.”
Rachel sintió que un silencio pesado llenaba la habitación.
—Tenemos que regresar —dijo finalmente.
Esta vez Lily no protestó.
Solo hizo una pregunta.
—¿Y si mamá está allí?
Rachel la miró.
—Entonces la encontraremos.
Regresaron al edificio acompañadas por varias unidades.
El complejo estaba casi vacío.
Los vecinos habían cerrado sus puertas.
Ya nadie grababa.
Ya nadie hablaba.
Quizá por primera vez aquella noche, todos habían comprendido que aquello no era un espectáculo.
Rachel entró al apartamento 4B.
Todo seguía exactamente igual.
La silla continuaba debajo del pomo.
La nota seguía sobre la mesa.
La bolsa de farmacia permanecía vacía.
Rachel recorrió lentamente la habitación.
—¿Dónde está el armario? —preguntó.
Lily señaló el dormitorio de su madre.
Rachel entró.
Había un armario enorme contra la pared.
Lo movieron entre dos agentes.
Detrás apareció una pequeña puerta metálica.
Rachel se quedó mirando.
—Dios mío.
Sacó su linterna.
Había marcas recientes alrededor de la cerradura.
Como si alguien hubiera intentado abrirla.
Lily se acercó un paso.
—Esa es.
Rachel encontró una pequeña llave dentro del sobre.
La introdujo en la cerradura.
Giró.
La puerta se abrió con un chirrido.
Detrás había una habitación estrecha.
No era un trastero.
Había una mesa.
Un ordenador.
Varias cajas.
Y una pared cubierta de fotografías.
Rachel avanzó lentamente.
Había fotografías de Sarah.
De Lily.
De Leo.
Algunas parecían tomadas desde la calle.
Otras desde el interior del edificio.
Rachel sintió que la sangre se le enfriaba.
Pero entonces vio algo peor.
En el centro de la pared había una fotografía reciente.
Sarah aparecía caminando bajo la lluvia con una bolsa de farmacia en la mano.
La hora marcada en la imagen era 1:46 a. m.
Rachel miró el reloj.
La llamada de Lily al 911 había sido a las 2:17 a. m.
Eso significaba que Sarah había desaparecido apenas treinta minutos antes.
Entonces el ordenador emitió un sonido.
Una notificación.
La pantalla se encendió.
Apareció un mensaje.
Rachel se acercó.
Solo había una frase:
“Si están viendo esto, significa que Sarah ya no puede protegerlos.”
Lily empezó a llorar detrás de ella.
Rachel se volvió.
—Lily, ¿qué pasa?
La niña señaló una fotografía situada en la esquina inferior de la pared.
Era una imagen de su madre.
Pero esta vez Sarah no estaba sola.
Junto a ella aparecía el hombre del abrigo negro.
Y, escrita con tinta roja debajo de la fotografía, había una frase:
“Ella nunca debió llevarse a los niños.”