Capítulo 4 — La verdad que todos intentaron esconder
Capítulo 4 — La verdad que todos intentaron esconder
Mi primer impulso fue salir corriendo.
Pero Vanessa me sujetó del brazo.
—Espera.
—¡Es mi nieto!
—Si hacemos exactamente lo que ellos quieren, podemos ponerlo en más peligro.
La miré.
—¿Y qué propones?
Vanessa señaló el teléfono de Ethan.
—El mensaje.
Ethan revisó rápidamente la pantalla.
—No hay nada.
—Mira las cámaras —dije.
La casa tenía cámaras de seguridad instaladas por la organizadora de fiestas.
Daniel había dicho que solo estaba allí para preparar el evento.
Pero ahora entendía que quizá había llegado por otra razón.
Ethan abrió la aplicación.
Las grabaciones mostraron a Mason sentado cerca de la mesa.
Después apareció Daniel.
Se acercó al niño y le dijo algo.
La imagen no tenía sonido.
Mason se levantó.
Daniel señaló la puerta trasera.
Y ambos salieron.
Ethan golpeó la mesa.
—¡Ese hombre se llevó a mi hijo!
Vanessa negó con la cabeza.
—No.
—¿Cómo puedes defenderlo?
—Porque Daniel no estaba solo.
Amplió la imagen.
En la esquina apareció una segunda persona.
Una mujer.
Vanessa se quedó sin respiración.
—Dios mío.
—¿Quién es? —pregunté.
Ella tardó en responder.
—La persona que nos ha estado amenazando.
—¿Quién?
Vanessa miró a Ethan.
—Tu socio.
Ethan palideció.
—¿Marcus?
Asintió.
—Fue él quien encontró la forma de desviar el dinero de la empresa. Utilizó tus credenciales y después creó pruebas para que pareciera que tú eras responsable.
Ethan negó lentamente con la cabeza.
—No puede ser.
—Sí puede.
Vanessa sacó un segundo teléfono de su bolso.
—Tengo mensajes de él.
Me mostró la pantalla.
Había docenas.
Amenazas.
Fotografías.
Instrucciones.
Y una frase que me hizo sentir un escalofrío:
“La única copia que puede destruirme está dentro de la memoria.”
—Entonces el USB contiene las pruebas contra Marcus —dije.
—Sí.
—¿Y por qué me involucró a mí?
Vanessa me miró.
—Porque nadie sospecharía de un pastel de cumpleaños.
De repente recordé algo.
La fotografía.
La frase escrita en el reverso.
“Este pastel no es la razón por la que Vanessa está asustada.”
—Esa nota no la escribió Marcus —dije.
Vanessa frunció el ceño.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque quería que yo encontrara el USB.
Ethan me miró.
—¿Quién entonces?
Antes de que pudiera responder, mi teléfono vibró.
Número desconocido.
Contesté.
—¿Quién es?
La voz al otro lado era masculina.
—No grites. Tu nieto está conmigo.
Sentí que se me paralizaba el cuerpo.
—¿Dónde está Mason?
—A salvo.
—Quiero hablar con él.
Hubo unos segundos de silencio.
Después escuché:
—¿Abuela?
Era Mason.
—¡Cariño!
—Estoy bien.
—¿Dónde estás?
—No lo sé. Estoy con Daniel.
Miré a Vanessa.
Ella cerró los ojos.
—Escúchame —dijo el hombre—. Tienes una hora para traerme la memoria.
—¿Y si no?
—Entonces Mason no volverá a casa.
La llamada terminó.
Ethan tomó las llaves.
—Voy contigo.
—No —dije.
—Es mi hijo.
—Precisamente. Si nos están observando, no podemos ir todos.
Vanessa negó con la cabeza.
—Yo iré.
La miré.
—¿Por qué?
—Porque ellos confían en que tú tienes la memoria. No saben que yo sé dónde está.
Me quedé inmóvil.
—¿Dónde?
Vanessa señaló mi bolso.
—La tienes contigo.
Abrí los ojos.
—Yo no…
Recordé entonces el pequeño agujero debajo de la fresa.
Abrí la caja del pastel.
Con cuidado retiré una capa de chocolate.
Allí estaba.
Una pequeña memoria USB.
La tomé entre los dedos.
—¿Por qué no me dijiste que estaba aquí?
Vanessa respiró profundamente.
—Porque quería que la encontrases tú.
—¿Por qué?
—Porque si me descubrían, sabía que me obligarían a entregarla.
Guardé el USB.
—Entonces vamos.
Ethan quiso protestar.
Pero lo detuve.
—Tú quédate aquí y llama a la policía.
—Mamá…
—Hazlo.
Vanessa y yo salimos.
El mensaje nos indicó una antigua cafetería a las afueras de la ciudad.
Cuando llegamos, estaba completamente vacía.
Vanessa miró alrededor.
—Esto es una trampa.
—Lo sé.
Entramos.
Sobre una mesa había un teléfono.
Sonó.
Vanessa contestó.
—¿Dónde está Mason?
—En la habitación de atrás.
—Déjalo ir.
—Primero el USB.
Saqué la memoria.
—Aquí está.
—Ponla sobre la mesa y retrocede.
Lo hice.
Una puerta se abrió.
Daniel apareció.
Pero Mason no estaba con él.
—¿Dónde está mi nieto?
Daniel miró la memoria.
—En un lugar seguro.
—Quiero verlo.
—Todavía no.
Vanessa dio un paso adelante.
—Marcus, sal.
Daniel se quedó inmóvil.
Entonces apareció otro hombre desde el fondo.
Marcus.
Sonrió.
—Sabía que tarde o temprano lo descubrirías.
Ethan tenía razón.
Marcus había construido toda la mentira.
Había utilizado las cuentas de la empresa.
Había manipulado documentos.
Y cuando Vanessa encontró el USB, intentó recuperarlo.
—¿Dónde está Mason? —pregunté.
Marcus señaló una puerta.
—Allí.
Corrí hacia ella.
La abrí.
Mason estaba sentado en una silla, asustado, pero ileso.
Lo abracé.
—Abuela.
—Estoy aquí.
Mientras lo abrazaba, escuché a Vanessa gritar:
—¡No!
Me giré.
Marcus había tomado el USB.
Lo conectó a una computadora.
Su sonrisa desapareció.
—¿Qué…?
Daniel sonrió.
—¿Qué ocurre?
Marcus miró la pantalla.
—Está vacío.
Vanessa me miró.
Yo sonreí.
—Porque esa no es la memoria.
Marcus se quedó congelado.
Saqué la verdadera memoria de mi bolsillo.
—La cambié antes de salir de casa.
Daniel comenzó a reír.
—Bien jugado.
Marcus intentó correr.
Pero la puerta principal se abrió.
La policía entró.
Ethan estaba con ellos.
Marcus fue detenido.
Daniel también levantó las manos.
Pero antes de que se lo llevaran, se acercó a mí.
—Hay algo que debes saber.
—¿Qué?
—Yo no escribí aquella nota debajo del pastel.
—Entonces, ¿quién?
Daniel miró a Mason.
—Él.
Me quedé completamente sorprendida.
—¿Mason?
Daniel asintió.
—Él vio a Marcus hablando con su padre semanas atrás. Me contó que tenía miedo. Yo le enseñé cómo escribir una nota y esconderla debajo de la caja.
Miré a mi nieto.
—¿Tú hiciste eso?
Mason bajó la mirada.
—Quería proteger a papá.
Sentí que se me llenaban los ojos de lágrimas.
Lo abracé con fuerza.
—No tienes que proteger a los adultos, cariño.
Ethan se acercó y se arrodilló frente a su hijo.
—Y yo debí protegerte a ti.
Mason lo abrazó.
Por primera vez aquella noche, sentí que todo iba a terminar bien.
Pero cuando salimos de la cafetería, mi teléfono vibró una última vez.
Era un mensaje del número desconocido.
Solo decía:
“Marcus no era quien puso el USB en el pastel.”
Debajo había una fotografía.
Era una imagen de Vanessa colocando la memoria dentro de la caja.
Pero detrás de ella aparecía otra persona.
Alguien que había estado observándola.
Alguien que conocíamos.
Miré la fotografía una y otra vez.
Entonces reconocí el rostro.
Era mi propio hijo.
Ethan.
Levanté lentamente la mirada hacia él.
Y por primera vez aquella noche, no supe si el hombre que acababa de ayudar a salvar a Mason era realmente mi hijo…
o si también había estado jugando con nosotros desde el principio.