Capítulo 2 — El pastel que no debía desaparecer
Capítulo 2 — El pastel que no debía desaparecer
—¿Abuela?
Me giré.
Mason estaba detrás de nosotros, con una pequeña corona de papel sobre la cabeza y una expresión confundida.
Vanessa se quedó completamente inmóvil.
Todavía tenía los quinientos dólares en la mano.
Yo miré a mi nieto y rápidamente intenté ocultar los billetes.
—Cariño, ¿qué haces aquí?
Mason señaló el contenedor vacío.
—Mamá dijo que el pastel de la abuela era feo.
Vanessa palideció.
—Mason, yo no dije eso.
El niño bajó la mirada.
—Sí lo dijiste.
Sentí una punzada en el pecho.
No me importaba el pastel.
Me dolía que Mason hubiera escuchado aquello el día de su cumpleaños.
Me agaché frente a él.
—No pasa nada, cariño. Yo puedo hacerte otro.
Mason negó con la cabeza.
—Pero era el pastel que siempre haces.
—Podemos hacer uno nuevo.
—No quiero otro.
Vanessa dio un paso hacia nosotros.
—Mason, entra. Tus invitados están esperando.
Pero él no se movió.
—Mamá, ¿por qué querías que la abuela recuperara el pastel?
Vanessa abrió la boca.
No salió ninguna palabra.
Yo también quería saberlo.
—Eso mismo le pregunté —dije.
Vanessa me miró.
—No es asunto tuyo.
Solté una pequeña risa.
—Hace diez minutos era basura. Ahora estás dispuesta a pagar quinientos dólares por ella. Creo que tengo derecho a saber por qué.
Ella apretó los billetes.
—No entiendes.
—Entonces explícame.
Vanessa miró a Mason.
—No aquí.
Mason frunció el ceño.
—¿El pastel tiene algo malo?
—No —respondió ella demasiado rápido.
Aquella respuesta me hizo desconfiar todavía más.
Entonces escuchamos una voz detrás de nosotros.
—Yo sé dónde está.
Los tres nos giramos.
Era el organizador de la fiesta, un hombre llamado Daniel, que llevaba una caja de cartón entre las manos.
Vanessa se quedó blanca.
—¿Dónde encontraste eso?
Daniel miró la caja.
—En el contenedor de reciclaje de la esquina.
Mi corazón dio un salto.
—¿Es mi pastel?
Daniel asintió.
—Sí. Pero hay un problema.
Vanessa se acercó rápidamente.
—Dámelo.
Daniel retrocedió.
—Espera.
—Te pagaré.
—No quiero tu dinero.
Vanessa se quedó paralizada.
Daniel me miró.
—Señora, cuando vi que alguien había tirado este pastel, pensé que era una lástima. Lo saqué del contenedor para evitar que alguien lo pisara.
Mason se acercó.
—¿Todavía está bien?
Daniel abrió ligeramente la caja.
El pastel estaba intacto.
Las fresas seguían en su sitio.
Y mi letra todavía decía:
“Feliz cumpleaños, Mason.”
El niño sonrió.
—¡Es ese!
Vanessa volvió a mirar a Daniel.
—¿Viste algo cuando lo encontraste?
Daniel guardó silencio.
—¿Qué cosa? —pregunté.
Vanessa lo interrumpió.
—Nada.
Daniel la miró con extrañeza.
—Sí vi algo.
Vanessa cerró los ojos.
—Daniel…
Él continuó:
—Vi un sobre debajo de la caja.
Mi estómago se apretó.
—¿Un sobre?
Daniel asintió.
—Estaba pegado en la parte inferior.
Sacó un pequeño sobre blanco.
Lo reconocí inmediatamente.
No era mío.
Mi nombre estaba escrito a mano.
“Para la abuela de Mason.”
Miré a Vanessa.
Ella parecía aterrorizada.
—¿Qué es eso? —preguntó Mason.
—Nada, cariño.
Tomé el sobre.
Pesaba muy poco.
Lo abrí.
Dentro había una fotografía.
Era una fotografía de Mason cuando tenía cinco años.
Estaba sentado en mi cocina, frente al primer pastel que le había preparado.
En el reverso había una frase:
“Este pastel no es la razón por la que Vanessa está asustada.”
Levanté lentamente la mirada.
—Vanessa…
Ella no respondió.
—¿Quién tomó esta fotografía?
—No lo sé.
—¿Quién puso este sobre debajo de mi pastel?
—No lo sé.
—Entonces dime por qué estabas dispuesta a pagar quinientos dólares por recuperarlo.
Vanessa miró a Mason.
—Porque alguien puso algo dentro.
Sentí un escalofrío.
—¿Qué cosa?
Vanessa comenzó a llorar.
—Una memoria USB.
Daniel abrió los ojos.
—¿Dentro del pastel?
—Sí.
Mason dio un paso atrás.
—¿Por qué?
Vanessa se arrodilló frente a él.
—Porque alguien quería que tu abuela la encontrara.
Miré el pastel.
De repente, aquel sencillo pastel de chocolate que había preparado con cariño parecía completamente diferente.
Recordé cada detalle.
La cobertura.
Las fresas.
La pequeña tarjeta que había colocado debajo de la caja.
Nada parecía extraño.
Hasta que vi algo.
Una de las fresas estaba ligeramente desplazada.
La toqué.
Debajo había una pequeña abertura en el chocolate.
—Vanessa —susurré—. ¿Quién sabía que yo iba a preparar este pastel?
Ella bajó la mirada.
—Solo tú, Mason… y yo.
Me quedé helada.
Mason levantó la cabeza.
—Yo no le dije a nadie.
Vanessa comenzó a temblar.
Entonces mi teléfono vibró.
Número desconocido.
Abrí el mensaje.
Solo decía:
“No confíes en Vanessa. Ella no tiró el pastel porque pareciera barato.”
Miré a mi nuera.
Ella estaba llorando.
Pero antes de que pudiera preguntarle nada, llegó otro mensaje.
Esta vez había una fotografía.
Era una imagen de Vanessa entrando en una cafetería dos días antes.
Frente a ella estaba sentado un hombre que yo conocía.
Mi propio hijo.
El padre de Mason.
Debajo de la fotografía aparecía una última frase:
“Pregúntale a tu hijo por qué necesitaba que ese pastel desapareciera.”
Sentí que el suelo desaparecía bajo mis pies.
Vanessa se cubrió el rostro.
Y Mason, sin entender nada de lo que estaba sucediendo, tomó mi mano.
—Abuela… ¿papá está en problemas?
Miré hacia la casa.
La fiesta seguía llena de invitados.
La música continuaba sonando.
Los niños reían.
Pero detrás de aquella celebración perfecta había algo que mi familia llevaba tiempo ocultándome.
Y ahora tenía una sola pregunta:
¿Qué había dentro de aquel pastel que podía valer quinientos dólares… y por qué mi propio hijo quería que yo nunca lo encontrara?