PARTE 3: Abandonó a Su Familia Por Amor… Pero Jamás imaginó que él Escondía…
Gael desvió la mirada por una fracción de segundo, pero su capacidad para manipular la realidad seguía intacta. Soltó una risa nerviosa y dio un paso hacia ella, intentando tomarla de las manos, pero Nayara retrocedió con asco.
—Mira, doña Nélida está exagerando porque no soporta que yo haya elegido estar contigo —intentó justificarse él, usando su tono más seductor y lastimero—. Esa mujer que viste… está obsesionada conmigo. Le debo un favor del pasado y no me deja en paz. Si le crees a una desconocida, a una casera resentida, entonces nunca confiaste realmente en mí. Cometí errores antes de conocerte, Nayara, lo admito. Pero nada cambia lo que siento ahora por ti.
Nayara lo escuchó en silencio. Ya no sentía coraje, sino una profunda y helada claridad.
—Entonces, si no tienes nada que esconder, mañana mismo quiero conocer tu negocio —sentenció ella, cruzándose de brazos—. Quiero ver la casa y revisar cada maldito documento del que llevas semanas hablando. Sin excusas.
Gael frunció el ceño, acorralado.
—No puedes exigirme pruebas como si estuviera acusado de un delito, Nayara. Una pareja necesita confianza. Si no hay confianza, no hay nada.
—Tienes razón —respondió ella, tajante—. Por eso, a partir de hoy, las cosas cambian. Ahora resulta que me vas a esconder lo que haces con el dinero, después de todo lo que he hecho para mantenernos a flote. Es mi sueldo, Gael. Yo me quemo las manos haciendo café todo el día, y desde hoy, voy a decidir yo qué parte gasto y qué parte guardo.
Gael apretó la mandíbula. Sabía perfectamente lo que eso significaba. Si ella empezaba a guardar dinero, también empezaría a pensar que podía irse cuando quisiera. Perdería el control.
A la mañana siguiente, antes de irse a su turno en la cafetería, Nayara bajó a la recepción. Nélida estaba trapeando el pasillo. Nayara se acercó con cautela, tragándose el poco orgullo que le quedaba.
—Doña Nélida… —comenzó, con la voz temblorosa—. No sé qué le contó Gael. Él me juró que solo estuvo aquí hace tiempo, mientras reparaban su casa, y que ahora regresamos por una emergencia. ¿Cuánto tiempo lleva realmente viviendo en ese cuarto?
La casera se apoyó en el trapeador, mirándola con una mezcla de dureza y compasión.
—Muchacha, ese infeliz vive en este cuarto desde mucho antes de conocerte —dijo Nélida, sin pelos en la lengua—. Lleva casi dos años rentando aquí, y a duras penas me paga. La casa, el negocio millonario y los trámites… te apuesto lo que quieras a que nunca existieron. Abre los ojos, mija. Gael solo permanece al lado de quien representa un beneficio económico para él. No te va a elegir a ti, ni a la “prima” de ayer. Él elige a cualquiera que le pueda pagar la vida.
Las palabras de Nélida fueron el clavo final en el ataúd de sus ilusiones. Nayara asintió lentamente, sintiendo que el piso se movía bajo sus pies. Aún no quería volver con sus padres, la vergüenza la paralizaba, pero necesitaba comprobar una última cosa. Necesitaba prepararse.
Esa tarde, Samira visitó a Darío en su casa.
—Don Darío, Nayara descubrió varias mentiras de Gael —le informó, con tono esperanzador—. Pero me pidió tiempo. Por favor, no vayan a buscarla todavía. Está procesando todo.
Darío, de pie junto a la ventana, asintió con los ojos llorosos.
—Me cuesta quedarme aquí sabiendo que mi niña sufre, Samira, pero respetaré su decisión mientras sepamos que puede pedir ayuda. Solo dile… dile que su habitación sigue igual. No he movido una sola cosa desde que se fue.
Mientras tanto, en la cafetería, Nayara limpiaba las mesas del fondo cuando escuchó que la campanilla de la puerta sonaba. Al levantar la vista, su corazón dio un vuelco. Era Elian. Llevaba su chamarra de mezclilla limpia y una mirada llena de una ternura que a Nayara le dolió en el alma.
Él se acercó a la mesa, quitándose la gorra con respeto.
—No vine a preguntarte por Gael ni a pedirte explicaciones, Naya —dijo él suavemente, adelantándose a la actitud defensiva de ella—. Samira me dijo que necesitabas a alguien cerca, y aquí estoy.
Nayara bajó la mirada hacia el trapo húmedo en sus manos.
—Elian… tú sabes mejor que nadie que desprecié a mis padres, y a ti, por un hombre que terminó viviendo de mi sueldo en una pensión de mala muerte. Me da mucha vergüenza darte la cara.
—Sé que tomaste una decisión y ahora estás descubriendo cosas nuevas, eso es todo —le respondió Elian, con una sonrisa sincera—. No necesitas humillarte frente a mí.
—¿Por qué sigues ayudándome después de que prácticamente desaparecí de la vida de todos? —preguntó ella, con la voz quebrada.
—Porque me importas, Naya —dijo él, mirándola fijamente a los ojos—. Pero lo que hagas ahora tiene que ser una decisión enteramente tuya, no una deuda conmigo ni con tu familia. Cuando estés lista, solo avísanos.
Esa conversación le dio a Nayara el valor que le faltaba. Al día siguiente, interceptó de nuevo a Nélida en el pasillo de la pensión.
—Nélida, mañana podría irme —le susurró, asegurándose de que nadie la escuchara—. Necesito saber si Gael suele regresar a alguna hora específica. No quiero enfrentarlo.
La mujer asintió, cómplice.
—Los viernes desaparece casi toda la tarde, mija. Se va a “buscar contactos”, según él. Si vas a sacar tus cosas, ese será el momento más tranquilo. Yo te echo aguas.
—Mañana a las cuatro de la tarde —decidió Nayara, sintiendo que por fin tomaba las riendas de su vida—. Si no le llamo antes de las cinco a Samira, intente comunicarse con mi familia. A las cuatro estaré pendiente del teléfono. Mañana voy a guardar mis documentos, el dinero que me queda y suficiente ropa para salir de aquí. Esta vez no voy a dejar que ninguna promesa falsa vuelva a detenerme.
El viernes por la tarde, el ambiente en el cuarto número 14 era eléctrico. Gael se había ido pasada la una de la tarde. Nayara comenzó a empacar rápidamente. Cada prenda que metía en la maleta era un peso que se quitaba de encima.
De pronto, su celular comenzó a sonar frenéticamente. La pantalla mostraba el nombre de Gael. Lo ignoró. A los dos minutos, volvió a sonar. Cinco llamadas de Gael en apenas diez minutos. Nayara sonrió con amargura.
—Ya sabe que estoy dejando de obedecer cada vez que exige algo —murmuró para sí misma.
Cuando finalmente decidió contestar para que no sospechara, la voz de Gael sonó histérica al otro lado de la línea.
—¿Por qué no respondes, Nayara? ¡Si no respondes, tendré que asegurarme de que vuelvas directamente a la pensión después de tu turno! Necesito que me des lo que cobraste hoy.
—Estaba trabajando para pagar gastos que tú también deberías asumir, Gael —le respondió ella con una frialdad absoluta—. Y no, no te voy a dar ni un peso.
—¡Dame lo que cobraste hoy y mañana mismo empezaré a buscar trabajo, si eso es lo que tanto quieres! —suplicó él, cambiando el tono a uno de falsa sumisión.
—No. Desde hoy, mi sueldo se queda conmigo y tú vas a resolver tus propias deudas —dijo Nayara.
—¡Estás cambiando desde que volviste a escuchar a Samira y a tu familia! —gritó Gael, perdiendo los estribos—. ¡Ellos quieren separarnos!
—Estoy cambiando porque por fin estoy escuchando lo que tus mentiras intentaban mantenerme sin ver —sentenció Nayara, y sin darle tiempo a responder, colgó la llamada y apagó el teléfono.
Tomó su bolso, agarró el asa de la maleta y miró el cuarto por última vez. La cama hundida, las paredes manchadas de humedad. No sintió tristeza, solo un inmenso alivio. Salió de la habitación, bajó las escaleras y se despidió de Nélida con un asentimiento de agradecimiento.
En la casa familiar, la madre de Nayara caminaba de un lado a otro de la sala, con una corazonada latiendo fuerte en su pecho.
—Hoy siento algo distinto, Darío —le dijo a su esposo, acariciándose el pecho—. Por primera vez creo que nuestra hija está buscando el camino de regreso. Siento que ya viene.
Darío se levantó del sillón, con los ojos brillando de esperanza.
—Cuando vuelva, no quiero reproches en esta casa. Bastante tendrá con todo lo que haya tenido que reconocer sola allá afuera.
Minutos después, Nayara caminaba por la acera de su barrio. El cielo estaba despejado, contrastando con la tormenta que había caído el día que se marchó. Se detuvo frente a la puerta de madera de su casa. El corazón le latía con fuerza. Encendió su celular y marcó el número de su casa, viendo a través de la ventana cómo su madre levantaba la bocina.
—Mamá… estoy saliendo —dijo Nayara por teléfono, con lágrimas resbalando por sus mejillas y una sonrisa asomándose en sus labios—. No sé cómo mirarte después de todo lo que dije, pero… quiero volver a casa.
La puerta de madera se abrió de golpe antes de que su madre pudiera responder por la línea. Ahí estaba ella, con el delantal puesto y los ojos anegados en lágrimas de pura felicidad. Darío apareció justo detrás, con una sonrisa inmensa que le borraba los años del rostro.
Su madre la miró de arriba abajo, vio la misma maleta con la que se había ido, y repitiendo las palabras de aquella tarde, pero esta vez con una voz cargada de un amor infinito y un toque de humor, le dijo:
—¿Y tú a dónde crees que vas con esa maleta, Nayara? Entra ya a tu casa, mi niña.
Nayara dejó caer la maleta en la acera y corrió a los brazos de sus padres, sintiendo por primera vez en semanas, que finalmente estaba a salvo.