Capítulo 2: Lo que se ganó – News

Capítulo 2: Lo que se ganó

Capítulo 2: Lo que se ganó

Capítulo 2: Lo que se ganó

—Dígame, Camila, ¿por qué está arreglando esta cerca usted solito?

Julio levantó la vista del alambre, sudado bajo el sol de la hacienda. La joven que le hablaba no era de por aquí: botas limpias, manos suaves, diez años de ciudad escritos en la forma de mirar.

—Porque si espero a Rubén, la cerca se cae solita —dijo Julio, y sonrió.

—Mi mamá diría que el que trabaja sin que lo vean es el que vale —dijo Camila.

—¿Y su mamá dónde anda? Nadie la ha visto.

—Mi mamá está de viaje —dijo Camila—. Vuelvo por ella. Y por las flores más bonitas de toda la hacienda.

Pero las flores ya no estaban en las macetas de su mamá. Alguien las había cortado. Un detalle que Camila guardó en silencio, como guardaba todo.

Julio era peón desde hacía un mes, como otros tres. Lo que Camila no sabía —lo que nadie sabía— era que la hacienda entera era una prueba. Y que la cocinera que servía los frijoles, doña Chayo, era en realidad Amparo Villaseñor, la mismísima patrona, disfrazada para ver con sus propios ojos quién era quién.

Camila, la hija de la patrona, pidió lo que ninguna señorita de la ciudad pide:

—Julio, ¿me enseña a montar?

—La hija de la patrona nunca ha montado —dijo alguien, riendo.

—Llevo diez años estudiando en la ciudad —dijo Camila—. Allá lo único que monto es el metro.

Y montó. Y se rio. «Si me vieran mis amigas de la ciudad, no me lo creerían».

Rubén la miraba desde lejos. Rubén, el peón de la sonrisa fácil, le dijo a su compadre:

—Ese peón me está estorbando.

—¿Y qué piensas hacer? —preguntó el compadre.

—Hacer que todos lo vean como un flojo. Si alguien se va a quedar a pie, que sea el señor perfecto.

El plan fue simple y cruel. Rubén abrió la puerta del corral que Julio había cerrado con pasador —lo revisó dos veces, Julio siempre revisa dos veces— y soltó las vacas.

—Ahora sí —dijo Rubén—, a ver quién es el trabajador perfecto cuando las vacas se coman las flores de la patrona.

Las vacas se metieron al jardín. El escándalo fue total.

—Julio dejó la puerta abierta —dijo alguien—. Yo lo vi.

—Eso no es cierto —dijo Julio, pálido—. Yo cerré esa puerta y le puse el pasador. Lo revisé dos veces.

—Doña Chayo, le juro que yo cerré esa puerta.

—Te creo, muchacho —dijo la cocinera—. ¿Que por qué te creo? Porque la vieja de la cocina lo ve todo. Y vio muy bien quién abrió esa puerta.

Camila, mientras tanto, no dejaba de mirar a la cocinera.

—Yo a esta señora la he visto en algún lado —murmuró—. Y hace muy poco.

—Ay, qué día —suspiraba doña Chayo, entre ollas—. Ser cocinera cansa más que ser patrona.

Y Camila entendió. De golpe. Como un balde de agua fría.

—La cocinera es la patrona.

Rubén también lo sospechó. Y en vez de temer, vio oportunidad.

—Ahora sí —dijo—. El que va a poner las reglas en esta hacienda soy yo.

Primero intentó el disfraz. De la noche a la mañana, el lobo se volvió cordero: le llevó leña a doña Chayo, la trató como reina, sonrió a todos.

—Buenos días, doña Chayo. Le traje su leña.

—¿Y ese milagro, mijo? ¿Amaneció enfermo?

—Uno cambia, doña. Anoche me di cuenta de que a las señoras como usted hay que tratarlas como reinas.

—¿Será que se arrepintió, señora? —preguntó Nicolasa, la ayudante.

—Los lobos no se arrepienten, Nicolasa —dijo doña Chayo, sin dejar de mover el cucharón—. Se disfrazan. Igualito que yo.

El segundo golpe de Rubén fue más fino. Le dijo a Julio que Nicolasa lo mandaba a revisar la cerca del cerro, y se ofreció, generoso, a darles de comer a los caballos en su lugar.

—Yo me encargo de los caballos, compa. Ve tranquilo, que para eso somos compañeros.

Julio caminó hasta el cerro. La cerca estaba bien. Nadie lo había mandado. Y los caballos, sin comer desde la mañana.

—No quiero quedar como chismoso, doña —dijo Rubén, apareciendo justo a tiempo—, pero Julio dijo que se iba a descansar a la sombra. Menos mal que yo pasaba por aquí. Hasta ayer el flojo era otro.

Camila, que no sabía la verdad, lo miró con decepción.

—Los caballos no tienen la culpa de nada, Julio. Y gritarle así a un compañero… esperaba más de usted.

—Camila, yo no fui. Déjeme explicarle, por favor.

Pero Camila ya se había dado la vuelta. Y a Julio le dolió más eso que el cerro entero.

—Lo que me duele es Camila, Beto —le confesó a su amigo—. Lo que me duele es que ella me mire como si yo fuera un mentiroso. Eso sí que no lo aguanto.

Beto —el compa, el presumido, el que nunca fue traidor— lo había visto todo. Había visto a Rubén abrir el corral. Lo había oído mentir sobre el cerro. Y cuando Rubén lo descubrió espiando, Beto entendió que callar lo hacía cómplice.

—Otra vez el peón —dijo Rubén—. Se acabó la paciencia. No espero hasta el domingo. Hoy mismo toda la hacienda se entera.

—¿Entera de qué? —dijo Beto, plantándose—. Julio, lo del cerro fue Rubén. Y la puerta del corral también la abrió él. Yo lo vi todo.

—¿Y por qué me lo dices ahora? —preguntó Julio.

—Porque uno puede ser presumido, compa, pero no traidor —dijo Beto—. Lo sabía. Siempre supe que era Rubén. Pero saberlo no basta. Alguien más tiene que escucharlo.

Y fue a la cocina. A la cocinera. A la patrona.

—Doña Chayo… bueno, patrona. Ya sé quién es usted.

—¿Tú también vienes a pedirme algo? —dijo Amparo, sin inmutarse.

—No, patrona. Vengo a decirle la verdad. Rubén abrió el corral, mandó a Julio al cerro con mentiras y ahora la quiere obligar a usted.

—¿Por qué me lo cuentas, si era tu amigo? —preguntó ella.

—Porque me equivoqué de amigo, patrona.

—Reconocer un error vale más que cualquier premio, mijo —dijo Amparo—. Y eso no se me va a olvidar.

Camila lloró cuando supo la verdad. Fue a buscar a Julio con su madre al lado.

—Mamá, entonces Julio no mintió nunca. El que mintió fue Rubén. Julio… ya sé la verdad. Perdóneme. ¿Me perdona por no haberle creído?

—A usted le perdono todo, Camila —dijo Julio.

Rubén, acorralado, jugó su última carta: gritar el secreto a los cuatro vientos para tomar el control.

—¡Todos aquí, les tengo una noticia! ¿Ven a esa señora que nos sirve los frijoles? ¡Esa cocinera nos ha estado espiando todo el tiempo! ¡Es la mismísima patrona!

—No hace falta que lo grites tú, Rubén —dijo doña Chayo, quitándose el delantal con calma—. Sí. Soy Amparo Villaseñor.

El silencio fue total.

—Hace un mes contraté a cuatro hombres —dijo la patrona—. Hoy cada uno va a recibir exactamente lo que se ganó. Lo que hay aquí adentro lo guardé para los mejores. Y créanme, muchachos: no todos se lo van a llevar.

Tres trocas nuevas. Ese era el premio. Todo este tiempo.

—Julio —dijo Amparo—. Trabajaste cuando nadie te miraba y defendiste a una cocinera que no conocías.

—Patrona, yo no trabajé por un premio —dijo Julio.

—Por eso mismo te la ganaste, muchacho. Toma. La roja.

—¿Y si nos corre a todos? —susurró el compadre.

—El que nada debe, nada teme, Beto —dijo Amparo—. Beto: siempre llegaste temprano, nunca te quejaste y nunca le diste la espalda a tu compañero. Toma tu troca.

—Gracias, patrona. Mi jefecita no me lo va a creer.

—Pues ve a recogerla en tu troca para que te crea.

Y a Rubén:

—Ya sé que fuiste flojo y grosero conmigo. Hasta me pediste huevitos con chorizo. Este es tu premio: tu último sueldo. Hoy mismo te vas.

—Tres trocas para cuatro, y el único que se va a pie soy yo —dijo Rubén—. Por andar de listo perdí la troca, la muchacha y el trabajo. Me lo gané a pulso.

—Camila —dijo entonces, desesperado—, dile a tu mamá que yo te quiero de verdad.

—Tú nunca me quisiste a mí, Rubén —dijo Camila—. Lo que querías era la hacienda de mi mamá.

Antes de irse, Julio se acercó a la patrona.

—Patrona, quisiera pedirle algo más. Su permiso para invitar a su hija a dar una vuelta.

—A Chayo la cocinera le caíste bien desde el primer plato, y a la patrona también —dijo Amparo, sonriendo—. Ándale, que te está esperando.

—¿Y a dónde me vas a llevar, Julio? —preguntó Camila, subiendo a la troca roja.

—A conocer el cerro —dijo Julio—. El mismo al que me mandaron con mentiras. Pero esta vez contigo. Y con la verdad.

—Contigo voy a donde sea —dijo Camila.

Tres trocas, cuatro hombres y un amor que no estaba en sus planes. Al final, la que más ganó en esta hacienda fui yo.

—¿Y ese animalote para quién es, señora? —preguntó Nicolasa, señalando el corral.

—Es el premio para la próxima prueba, Nicolasa —dijo la patrona.

Disclaimer: This story is fictional and created for entertainment purposes only. Any names, characters, places, or events are fictitious or used fictitiously. No real person or organization is intended to be portrayed.

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